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¿Por qué acusarlos?

“y le dijeron a Jesús: Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo pecado de adulterio. En nuestra ley, Moisés manda que a esta clase de mujeres las matemos a pedradas. ¿Tú qué opinas? Ellos le hicieron esa pregunta para ponerle una trampa. Si él respondía mal, podrían acusarlo. Pero Jesús se inclinó y empezó a escribir en el suelo con su dedo.” Juan 8:4-6 (TLA)
Al llevar los fariseos a la mujer adúltera ante Jesús, tenían toda la intención de acusarla en público, como Él no estaba en ese plan y menos de ser parte del espectáculo de la vergüenza, actuó con sabiduría y misericordia a pesar del objetivo de la multitud.
Quizá todos tenían una piedra en mano, lista para lanzar, mas al ver la actitud de Jesús, escribiendo en la arena con un silencio total, poco a poco se alejaron, dejando caer sus piedras mientras se iban. La pregunta es: ¿Qué habrá escrito Jesús en la tierra? Quizá los pecados de cada uno o palabras como: “A ti también te perdoné” No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es del efecto que sus palabras causaron en esa multitud.
Porque después de escribir en la arena, Él dijo: “Si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra”. ¿Alguno se atrevió a apedrearla? No, ninguno, pues estaban conscientes de sus errores.
Ahora yo te pregunto: ¿Cuál es tu actitud ante el pecado de otros?
Todos somos pecadores, pero en ocasiones solemos clasificar el pecado por la gravedad del asunto, sin darnos cuenta que siendo “grande o pequeño” sigue siendo pecado, ¿Vale la pena levantar la mano para acusar a alguien y avergonzarlo por sus actos? ¿Qué dice la Biblia acerca de esto? En Mateo 7:12 (TLA) Encontramos: “Traten a los demás como ustedes quieran ser tratados, porque eso nos enseña la Biblia.”
Cuando empiezas por mirar tu propio corazón y examinas lo que hay en él, comienzas a darte cuenta de tus propios pecados y dejas de mirar a los demás para acusarlos y condenarlos porque entiendes que necesitas el perdón de Dios tanto como ellos.
Nuestra naturaleza humana nos hace actuar a la defensiva, haciéndonos pensar que nunca seremos culpables, pero es de sabios reconocer el error y no acusar a otros por sus errores.
En situaciones similares, antes de levantar tu mano para acusar a alguien, ahí en el silencio, te animo a analizarte y a tomar en cuenta la actitud que Jesús tuvo con esta mujer. Él la trató con respeto a pesar de la multitud de pecados que hubiera cometido, la perdonó, le dio su misericordia, no la condenó, pero también le advirtió que no pecara más.
¿Por qué no hacerlo nosotros con quienes han pecado, si algún día podríamos estar en su misma condición?

Por Ruth Mamani

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Flashback

(Flashback: Verónica Rojas explica en el sitio Aloha Criticón que es una técnica narrativa que retrotrae la narración temporal a un acontecimiento pasado, casi siempre con la intención de situarse en algo importante para la configuración del presente del personaje o situación desarrollada).

Una vez escribí las palabras que transcribo abajo, fragmento de muchos otros enervantes murmullos que pululaban por mi cabeza por aquellos días. Vivía entonces en una cabaña. A veces se aparece en mis sueños y me embarga una nostalgia terrible. Un día tuve que abandonarla y relaté así ese trágico episodio:

“Una noche de mayo el cielo se vino abajo y por todas partes llovió el desastre, la tormenta brutal. Hubo goteras inmensas en medio de la sala y el corazón se anegó en estúpidas lágrimas. Es peligroso ser pobre y viejo.”

Somero resumen: mi cuarto estudio mínima biblioteca ropero cama baja bastante menor y silencio. Cuarto, pasillo, cocina, patio.

Tengo que caminar. La hora pasa y no consigo el pensamiento que amaina el desasosiego. De pronto, una pequeña luz, una idea que es apenas un susurro en esta quietud que me ensordece. A veces, es una imagen de los años que pasaron por el patio trasero y que no alcancé a atrapar.

Un rostro, un aroma de pan caliente, un café con medialunas, un perfume de mujer, un inolvidable perfume de mujer…

Una montaña estallada de helechos entre la neblina de las alturas. El mar, esa bestia incansable que me besa los pies pretendiéndose vencida; otras, un diálogo sin palabras, una mínima plegaria que sólo espera ser oída – es tan simple…

A veces, la frase de una canción, un poema de Neruda, unas líneas de Pescetti, un fragmento de Balzac, un episodio de la vida de Mandela.

Y entonces, tenue, sin prisa, el sueño viene a aplacar esta otra tormenta que soy yo.

Así elaboro este aprendizaje, así aprendo en esta escuela que me acerca a los que siguen buscando, a los que no se conforman con siete doctrinas y cinco libritos que les resuelven la vida.

Porque es voluntario este ensayo de soledad, este exilio de comuniones y hermandades complacientes. Hay intención en esta nota al margen que soy ahora.

Me quiero lejos de las atosigantes victorias y de las cifras del éxito. Me quiero a salvo de las frases hechas que embriagan el sentido. Huyo de las exhortaciones sin compasión de los que se creen propietarios de mi conciencia.

Prefiero noches como ésta, cuando la dura gramática del dolor compone sus mejores páginas…

Amanecer en Santa Cruz

El sol de la mañana se desmadeja entre el follaje de los mangos que la ventana deja ver. Es demasiado temprano para trabajar y demasiado tarde para las ensoñaciones. En este minuto lo único posible es el silencio.

Una bronquitis persistente apaga un poco el ardor de la palabra. Reservo lo que puedo la voz para la presentación  de esta noche. He pensado tanto en lo que decir al pequeño grupo que se reunirá en el living de la casa de mi amiga.

Persuadir. Interrogar. Provocar a una expectante audiencia a salir a la intemperie porque vivir bajo el paraguas de los paradigmas es cómodo y no hay que pensar casi nada.

El aroma del café y las tostadas me ayudan a reencontrar un poco la paz. Siempre se agita mi cabeza cuando lo que debe ser dicho se tiene que decir.

El cielo se va nublando un poco pero todo está tibio y sereno. La mente se aplaca un poco y entiendo que el camino es largo y entramos a tientas casi en un territorio desconocido.

Hablo en voz baja pero audible, cosa que hago todas las mañanas. Les pregunto imaginariamente a las personas que estarán presentes qué va a pasar si el fin de los tiempos se tarda indefinidamente.

¿Para qué están preparados? ¿Qué orientaciones fundamentales han provisto a las nuevas generaciones? ¿Cómo van a sobrevivir en la vorágine del cambio ya que por siglos se han marginado de la conducción de los procesos sociales?

Mi amiga y anfitriona me envía un mensaje que dice algo como “cosas que ojo nunca vio y oído no oyó”. Lo pienso de un modo distinto, la verdad. Es casi seguro las cosas que estas personas van a oír de mí no las han oído nunca. No me estoy jactando. Sólo me sigue doliendo que así sea.

La dura costra del conocimiento adquirido al entrar en la comunidad de los creyentes es resistente a la pregunta. Concluye que las cosas son como son porque así están escritas desde antes de la fundación del mundo y me entra una como ardiente rebeldía porque no es así.

La verdad tiene la frescura y la versatilidad del encuentro constante. No es estática. Es fibrosa, abismante, sorprendente. Porque como algún viejo profeta dijo, “conoceremos y proseguiremos en conocer”.

Prosigamos. Es la propuesta que pienso en este amanecer en Santa Cruz de la Sierra, aquí en Bolivia…

Manojito de deseos

Volver a ver, aunque sea por una sola vez, el arco iris de luz en las gotitas en los helechos después de la lluvia en la cuesta de Los Añiques, aunque dice un poema que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

Que la magia de un demiurgo diligente pueda revivir aquel sueño de la infancia en la que me encontraba en la orilla de un lago inolvidable, rodeado de luz y de paz, de árboles frondosos y colores que me contaban historias maravillosas.

Abrigarme en la paz y el silencio. Arroparme en una soledad amigable. Reposar en tranquilas conversaciones, más allá de toda disculpa, de toda recriminación y de requisitorias. Ser en otros y con otros sin sobresalto alguno.

Arrullarme en el seno tibio del perdón otorgado por quienes no recibieron de mí el bien cuando era debido, y cuando no también porque a la bondad nunca habría que amarrarla a razones y argumentos para negarla.

Redescubrir espacios diferentes, ensayar emprendimientos novedosos, dedicarse a oficios y ocupaciones inesperadas, disponer de los días y las noches de un modo singular. En otras palabras, encontrar nuevas definiciones para la palabra jubilado.

Perdón por la insistencia, pero construir una cabaña en la orilla del río, entre los cerros. Llenarla de lavandas, buganvillas y por qué no de lirios y cardenales de esos que amaba mi mamá. Sentarme en la galería en la tarde y sin palabra alguna hallar el tesoro escondido entre el corazón y la mente. Caminar hasta el pueblo para comprar marraquetas y paltas. Tomar la once. Y así sucesivamente.

Abrir todos los días el tesoro de las palabras, las antiguas y las nuevas, para componer todavía pequeñas crónicas, imprecaciones, poemas que no son poemas sino prosa poética, enojos indisimulados contra la maquinaria, postreras declaraciones de intenciones, comunicaciones urgentes antes de que la lámpara del pensamiento sea apagada, diminutos mensajes de esperanza.

Que nunca falten los libros, los viejos y los nuevos. Que todavía me abran sus puertas seculares y me estremezcan los sentidos, me revuelvan las entrañas, me consuelen y me amparen, me hablen de lo que fue y de lo que será.

Y finalmente, que nunca sea tarde para nada. Que siempre haya tiempo para lo que debo ser, para lo que se debo hacer, para lo que quiero hacer…

Tic-tac

Iara tenía diez años y los días miércoles llegaba en punto de las siete de la tarde para tomar la clase de inglés que le daba semanalmente. Un día me trajo un regalo y una tarjeta hecha por ella. Me emocionó que se hubiera tomado el trabajo de escribir – en inglés – unas palabras de gratitud por el curso.

El regalo consistía en un despertador como esos antiguos con las dos campanillas y un martinete para sonar la alarma. No es a cuerda, por cierto, sino que funciona a batería pero tiene el aspecto de los vetustos relojes que eran una pieza indispensable sobre la mesita de noche cuando, hace como mil años, yo era chico.

Me causó un sentimiento muy especial el volver a oír el tic-tac que, en medio del atesorado silencio de la noche, suena nítidamente. Yo, un agradecido del pasado – más bien un ferviente y nostálgico admirador de aquellos días – me quedo quietecito escuchándolo. El tiempo recupera para mí en esos segundos preciosos, su antiguo significado. Anoche recordé aquel fragmento singular de Kipling: “Si puedes llenar el minuto implacable con el valor auténtico de sesenta segundos, ¡es que eres ya un hombre, hijo mío, y tuya ya la tierra, tuyo ya todo el mundo!”

Tic-tac. Me tranquiliza la cadencia del ritmo, esa resolución metódica que uno quisiera escuchar en todas las cosas. Pero ya casi no hay resolución en los sonidos del mundo, no hay ritmo. Todo es vértigo, velocidad, multitarea, locura de videoclips, motos con escapes asesinos del oído, urgencia de llegar al mediodía con las tareas cumplidas. Todo se confabula contra la armonía de las cosas.

Por eso es que el campo, la montaña, el río, el lago, el bosque, todo eso lejos de la bulla implacable sigue siendo mi esperanza. Viví veinticinco años en el campo. El tic-tac acompasado de la vida era el linimento para las heridas de guerra, refugio para los sentidos, perspectiva para recuperar la cordura. Desde el trajín demencial de la ciudad, saludo y añoro esa paz.

Me paré unos segundos esta mañana en la esquina del bulevar para cruzar. Pasaron camiones, autos, micros, motos y bicicletas; lo único que atiné a hacer en esa espera fue evocar el tic-tac del reloj que un día hace un tiempo Iara me trajo de regalo…

Nostalgia del futuro

Un espacio entre el cielo y la tierra. Tal vez una cabaña a la orilla del río, en medio de la montaña, lejos pero cerca. Arboles gigantescos, álamos o eucaliptos que desenreden el viento en las tardes de verano. También sería bueno una galería abierta que se convierta en platea para “catear” la luna tarde en la noche y donde despejar de tanto en tanto un vaso de vino.

Una charla improvisada sin reclamos ni tomas de razón; sólo estar ahí y dejar que la cabeza desagüe su diluvio de pensamientos atrasados. Alterar apenas la conciencia para detectar si algo uno ha aprendido o se tiene que tropezar en lo mismo de nuevo. Tener la presencia de ánimo para deshacer los malos tratos que uno le propinó a los inocentes y a los no tanto. Desbrozar con pausada dedicación la hierba que anduvo creciendo en el caminito de la amistad – si fuera posible.

Una cierta disposición a dejar – o disminuir – las cosas que hacen mal: el enojo, el azúcar, la pena, las harinas, el remordimiento, algunos vicios innecesarios, el resentimiento, el sedentarismo (¿Por qué me cuesta tanto todavía adoptar el gusto de caminar los cerros y las orillas?), la soledad, más allá de su medida recomendable, digamos. Y cosas así…

Paciencia y más compasión con las cosas que no van a cambiar nunca o se van a demorar mucho en ser diferentes. Sensibilidad para captar las que ya están cambiando y humildad para reconocerlas. Disposición a colaborar con quienes tienen las ganas pero no los recursos. Acompañar a otros en sus tareas y más generosidad con el tiempo propio.

Anaqueles para los libros de todos los tiempos y para los nuevos. Más horas para leer y menos para mirar series y noticias. El papel, el papel que nada ni nadie podrá cambiar para mí aunque un día ya no haya más documentos materiales y todo sea nubes y soportes virtuales. Tiempo para las librerías de viejo o la sección de “baqueteados” de Expolibro donde se hallan pequeños grandes tesoros, como el del otro día cuando encontré Climas de André Maurois.

Finalmente, menos, mucho menos ropa y zapatos, menos artefactos, muebles y aparatos. La comida y la bebida justa. Las ventanas, la luz del día, los cuadros absolutamente necesarios. Y desde el principio de los tiempos de mi vida hasta el último día, el silencio. El silencio respetable, señorial, educado, sensible, oportuno…

La noche y el desierto

El ómnibus se detiene en la terminal de un diminuto pueblo en medio del desierto. Deben ser las tres o cuatro de la noche. Igual, la hora no me interesa mucho. “Treinta minutos de detención” anuncia el auxiliar. Al bajar me despabila un aire helado y seco. Algunos pasajeros ateridos se acercan a la barra del kiosko en busca de un café. Yo prefiero caminar hacia la oscuridad que está ahí no más, a unos pocos metros.

El cielo se me viene encima con su negro silencio. Me alejo un poco más. Arriba, un mudo concierto de estrellas, tantas como nunca vi. Abajo, una oquedad inasible, ilimitada.  Adentro, una pena sin rostro, la odiosa letanía de las preguntas sin respuesta. Qué armonía feroz.

Tengo que pensar. Tengo que encontrar algún sendero, una huella aunque mínima, perceptible, un indicio. No hay mapas para los defenestrados. Los agresores son llevados a las puertas de la fortaleza y lanzados al desierto (al cabo que ni quería quedarme en la fortaleza). Que las fieras se hagan cargo. No hay piedad para la disensión. No hay lugar para las maquinaciones de esos traficantes de los sentidos que seducen a la Inmensa Mayoría.

Me fijo de pronto que allá lejos, pero bien lejos, titilan unas luces. Un pueblito tal vez, un caserío. Unas pocas gentes que resisten la hostilidad de este territorio lunar. Encontraron cómo vivir y qué hacer en esta soledad inaudita. ¿Le encontraron el tesoro a la soledad? ¿Arañaron la tierra y descubrieron terrones de vida, poca pero suficiente? Quiero ir y preguntarles cómo se vive así, qué segunda oportunidad es posible en este páramo, qué sentido tiene insistirle al desierto…

Tal vez la soledad no sea imposible. Quizá no sea tan fiera después de todo. Quién sabe si con el tiempo le brinde a uno alguna caricia solidaria, algún arrullo cómplice cuando aprieta el frío. Capaz no sea más que la tarifa que se paga por no tener horarios y no rendir reportes de lugar y quehacer. Tengo que pensar en eso un poco más. Pero no esta noche. Estoy un poco cansado. Mañana lo haré. Me alivia pensar que no tengo que resolver todo ahora.

Volvemos al ómnibus y a la negra noche de la ruta. Antes de dormirme, se me ocurre pensar que el desierto de noche debe ser lo más parecido al lado oscuro de la luna… 

Si hubieras llegado antes…

Los días pasaban y la salud de Lázaro empeoraba, sin poder hacer nada al respecto sus hermanas sólo añoraban la pronta visita de Jesús, quien conociendo la condición en la que su amigo se hallaba demoró en llegar al encuentro ¿Qué pasó? ¿Por qué Jesús reaccionó de esta forma? Si realmente era su amigo, ¿por qué se demoró dos días más donde estaba y no hizo lo posible por llegar a tiempo? ¿Qué lo detuvo? Pensamientos que posiblemente rondaban por la mente de ambas hermanas y que en ocasiones pasan también por las nuestras cuando nos hallamos en dificultades y vemos muy lejana la repuesta de Dios.

Volviendo a la historia, cuando Jesús llegó a Betania vio el rostro compungido de la gente que acompañaba a la familia doliente, pudo percibir el dolor y lo que muchos pensaban al respecto, y es que Lázaro ya tenía cuatro días en la tumba, al parecer todo había terminado para él, al menos eso fue lo que muchos creyeron e incluso las hermanas de Lázaro, quienes al ver a Jesús le reclamaron por su tardanza.

   “Cuando María llegó y vio a Jesús, cayó a sus pies y dijo:

—Señor, si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Cuando Jesús la vio llorando y vio a la gente lamentándose con ella, se enojó en su interior y se conmovió profundamente.” Juan 11:32-33 (NTV)

¿En verdad estaba todo perdido? ¿Acaso no había nada más que hacer?

Quizá hoy te encuentras en una situación tan desesperante que te cuesta creer que Dios puede intervenir a tu favor, porque cada vez que intentas perseverar algo malo sucede, y le cuestionas a Dios: ¿Por qué tardaste? Si hubieras llegado antes, nada de esto me habría pasado; si tan sólo hubieras intervenido, no me quedaría sin trabajo; sino hubieras tardado tanto, mi esposo no se hubiera ido de casa, etc. sin darte cuenta que todas las cosas por más terribles que parezcan obran a tu favor.

Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan. Romanos 8:28 (TLA).

Cuánto nos cuesta entender que Dios hace las cosas en su tiempo y no en el nuestro, Él no se demora, ni se anticipa, sino que siempre llega a tiempo.

Finalmente, Jesús resucitó a Lázaro y todos glorificaron al Señor.

Sin importar la gravedad de la situación en la que te puedas encontrar, no dejes de confiar en Dios, ni de mantenerte firme en tu fe. Recuerda que Él conoce todos los momentos de tu vida y sabe cuándo actuar y manifestar su gloria y si no desmayas experimentarás ese cumplimiento que tanto has esperado.

Dios no tarda, ni llega demasiado temprano ¡Siempre llega a tiempo!

“En realidad, no es que el Señor sea lento para cumplir su promesa, como algunos piensan. Al contrario, es paciente por amor a ustedes…”. 2 Pedro 3:9 (NTV)

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Mi historia de detectives

El tío Tercio llegó una mañana a la puerta de casa preguntando por mi mamá mientras dirigía furtivas miradas a ambos lados de la calle. Vestía un ajado sombrero de fieltro, una manta marrón, pantalones de mezclilla y ojotas de goma de neumático. Mi mamá lo introdujo en la cocina “rancha” detrás de la casa donde sostuvieron un misterioso diálogo en voz baja.

(La cocina rancha era una réplica de las que existían en el sur, de donde provenían mis padres, que se construían de madera en torno a un poyo de ladrillos en donde había continuamente fuego y brasas. Allí hervía la ennegrecida tetera, se cocinaban las tortillas de rescoldo bajo las cenizas y en las noches de invierno la tía Ana nos contaba truculentas historias de aparecidos, descuartizamientos y pactos con el diablo).

El tío Tercio se quedó en nuestra casa; se le habilitó uno de los dormitorios y pasaba el día sentado pensativamente a la orilla del fuego. A ratos se sacaba las ojotas y con mucho cuidado se quitaba unas pequeñísimas espinas, tarea que le tomó varios días. Era una ocupación evidentemente dolorosa y rara para nosotros, niños que nos asomábamos curiosos a la vida. Mi hermano mayor nos reveló, bajo juramento del más estricto silencio, que algo había hecho el tío en el sur y había tenido que huir medio desnudo una noche entre campos de remolacha y zarzamoras.

En medio de todas estas extrañas cosas, otra mañana me tocó atender a la puerta donde otro señor, esta vez de traje oscuro y corbata, preguntaba por el tío Tercio o por mi mamá. Corrí a buscarla y con la mayor seriedad le dije: “Hay un caballero en la puerta que pregunta por el tío Tercio o por usted.” “Parece un detective”, agregué con un cierto tono de complicidad.

Cuando salió a recibirlo lo saludó con una ancha sonrisa: “¡Elizondo, qué sorpresa!” y se dieron un abrazo de viejos amigos. Acto seguido, esta vez en el comedor de la casa, hubo nuevos y misteriosos conciliábulos.

Al rato, el tío Tercio y don Elizondo se marcharon, mi madre continuó con su lavado semanal y yo me quedé para siempre con la tristeza de no haber podido dilucidar el enigma de mi única – e inconclusa – historia policial. Mamá se llevó aquel secreto a la tumba…

¡No te calles!

¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! Proverbios 31:8 (NVI)
Casi todos en algún momento hemos oído de gente que ha pasado por cierta clase de abuso, ya sea verbal o físico. Y quizá sin ir tan lejos tú has sido víctima de ello y es posible que calles por el temor al “qué dirán” o a las consecuencias que podrías sufrir si lo dices.
Si alguna vez has enfrentado ese tipo de situaciones en tu vida, déjame decirte que tu silencio no ayuda a aquél que en este momento se siente abusado por alguien más, tu silencio no te ayuda a ti mismo para salir de la situación en la que te encuentras actualmente, lo que podría terminar yendo en contra de tu salud.
Necesitas hablar para que alguien pueda ayudarte a salir del hoyo en el que te encuentras y así dejar de ser una víctima.
Necesitas hablar para sentir la libertad de ser quien eres.
Necesitas hablar para que el abuso termine.
Si en algún momento has pensado en dejar las cosas así como están por no hacerlo más grande, piénsalo bien porque es posible que cada vez que te enfrentes a tu abusador sientas que el temor y quizá indicios de rencor y odio crecen en tu interior, lo cual es una alarma para acudir por ayuda.
¡Vamos! Ármate de valor, busca ayuda para enfrentarlo, es importante que te des cuenta que la confrontación es un principio bíblico. Jesús enseñó acerca de esto en Mateo 18:15-17.
Y por supuesto que nadie sabe mejor que Jesús qué se siente ser acosado y abandonado en el sufrimiento; porque sin culpa alguna lo arrestaron, golpearon y se burlaron de Él. Mateo 26:56 declara que: “todos los discípulos, dejándole, huyeron”. Incluso Pedro, uno de sus amigos más cercanos, negó tres veces conocerlo. Por ello quiero que sepas que aunque otros no puedan entender por completo lo que te sucede, Jesús sí.
Sabemos que el abuso físico es fácil de detectar por las huellas que pueden dejar en el cuerpo, pero lamentablemente el abuso verbal es un problema emocional difícil de descubrir, por lo cual es importante que no te calles.
¡Dios quiere sanar cada una de tus heridas físicas y emocionales! Pídele ayuda a tu Padre celestial para que te dé valor para hablar sin temor. No dudes en acercarte a consejeros de tu iglesia o si deseas puedes escribirnos para que podamos asesorarte en este tipo de situaciones.
Quiero terminar este devocional con una oración,
Señor, haznos valientes para defender a los que lo necesitan, ayúdanos a mostrarles que tú entiendes su dolor y soledad así como dice tu palabra, pero también ayúdanos a no callar cuando nosotros seamos quienes padecen de un abuso, en el nombre de Jesús. Amén.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Silencio mártir

Unos tipos hablan en una mesa vecina casi a gritos. Hablan de un horno de cocina, de series de Netflix, de ciertas relaciones sentimentales pasajeras. Los miro con una bronca reconcentrada. ¿Cómo es posible que exista gente que cree tener el derecho de infligir a su prójimo la escucha de semejante sarta de tonteras que se pueden generar a causa de un cortado en jarrito? ¿Cómo no tienen una mínima dignidad para darse cuenta de lo patética que resulta la exhibición de su limitada capacidad de habla?

Eso suele ser común por estos pagos. No entiendo ni nunca entenderé a las personas que sienten la necesidad de esparcir a gritos su verborrea en lugares donde uno acude para descansar del trajín de la ciudad, para leer o escribir, incluso a veces para pensar. Ni mucho menos a aquellas que invaden el transporte de la ciudad o el interurbano con sus conversaciones y la asombrosa diversidad de los tonos de sus mensajes telefónicos.

Leí ayer que el grado de contaminación acústica en la ciudad de Córdoba en Argentina ha llegado a convertirse en un asunto que requiere urgentemente la atención del legislativo so pena de causar daños irreversibles a sus habitantes. Motos y autos con caños de escape libre, tiendas de artículos electrónicos con cuartetos y reggaetones a todo volumen en la puerta de entrada, camionetas que expelen toda clase de anuncios de tiendas con grandes aparatos de sonido circulando lentamente por el centro de la ciudad; eso, sin mencionar la inevitable chimuchina provocada por vehículos de emergencia, motoniveladoras y martillos neumáticos en edificios en construcción, bocinazos y miles de motores de combustión interna abarrotando cada cuadra de la ciudad.

¿Alguna vez a alguien se le ocurrirá que tal como la libertad de expresión, la autodeterminación, el cuidado de los recursos hídricos y del aire, la protección de los menores y de las personas en situación de alto riesgo, el silencio es un derecho que no debería ser vulnerado a menos que sea absolutamente necesario y no como simple consecuencia de la estupidez humana facilitada por la desidia de los responsables políticos?

Una turba invisible de irreverentes, soberbios, arrogantes, atorrantes, desubicados, aterradora mayoría absoluta, usurpadores del espacio público, delincuentes sociales colman los espacios públicos y movidos por sus egoístas intereses gritan sin tregua contra el silencio: “¡Crucifícale, crucifícale!”

Hasta el día en que deba escribirse la saga de La Tierra Después del Silencio…

Guarda silencio

Una de las muchas historias maravillosas que se registran en la biblia es la de Josué y el muro de Jericó que se relata en el capítulo 6 del libro que lleva el mismo nombre del personaje de este hecho.

Dios puso Jericó en las manos de Israel, pero está ciudad estaba fuertemente protegida por un enorme muro que sería derribado al séptimo día, una de las instrucciones que Dios había dado era: “…Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis.” Josué 6:10 (NTV).

Qué difícil debió ser guardar silencio y rodear durante 6 días la ciudad, quizás para muchos era ilógico o quizás otros se preguntaban ¿cómo destruiremos los muros estando callados y dando vueltas?

El silencio es la ausencia de sonido o ruido. Muchas veces en los momentos de dificultad o en medio de las batallas tendemos a desesperarnos y a gritar con la esperanza de que alguien nos ayude; esto es natural en el hombre pero en Dios a veces es necesario guardar silencio.

Salmos 37:7 dice: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. (…)” (RVR1960).

Cuando la necesidad toca el hogar, la enfermedad se manifiesta o los tiempos de tormenta están azotando nuestras vidas, nuestra primera reacción es reclamarle a Dios y decirle ¿Por qué a mí? ¡Yo confiaba en ti y me fallaste! ¿Te has olvidado de mí? Y podríamos seguir elaborando una lista infinita de reclamos comunes que se hacen.

A veces solamente es necesario callar con la confianza que Dios tiene el control; ese silencio en el momento indicado es una muestra de Fe. Es cierto que es difícil hacerlo pues en esos momentos tenemos la necesidad de hacer y hacernos muchas preguntas y reclamos.

Israel se esforzó y guardó silencio durante varios días, su obediencia y su fe, le permitieron ver un maravilloso milagro; quizás en su momento no entendieron por qué debían callar pero lo hicieron con la confianza de que Dios tenía un plan. Tal vez hoy tienes muchas cosas que pedirle o preguntarle a Él, pero solamente debes guardar silencio y esperar.

Recuerda el silenció acompañado de Fe es una muestra de confianza en Dios.

Por Judith Quisberth

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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