silencio Archives | Página 2 de 4 | CVCLAVOZ

All posts in “silencio”

¡Basta!

“(…) Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner libertad a los oprimidos” Lucas 4:18 (RVR 1960)

Nadie tiene el derecho de quitarte la dignidad que tienes como persona y como hijo de Dios, en ocasiones, hay personas que se supone que están para dar amor, cuidado y protección, pero lamentablemente en la práctica realizan todo lo contrario. Tal es el caso de personas violentas, quienes maltratan tanto física como psicológicamente, llegando al abuso que en muchos casos incluye lo sexual. Ante esta situación, el temor puede llevarte a quedarte callado, pero es necesario romper el silencio, pedir ayuda que puede ser un gran primer paso para salir de esta situación. Jesús vino a sanar, restaurar y traer libertad a nuestras vidas, por lo tanto, no debemos vivir con menos que eso. Te animo a dejar el temor y romper con el silencio. ¡Basta ya de violencia!

Por Neyda Cruz

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Recuerdos del futuro II

Como en un flashback de Black Mirror abro la pantalla de las memorias, le indico cierto conjunto de Preferencias y conecto el audiosensor inalámbrico en mi sien derecha – siempre por ese lado escuché mejor.

La imagen se abre en zoom cuando estoy saliendo de cierto restaurante de Friburgo, en Suiza. Hay una inmensa luna llena y regresamos a la sede de la organización. Hemos ido en la mañana a visitar L’Abri, la escuela refugio de Francis Schaeffer y un señor calvo de penetrantes ojos azules nos ha tenido toda la mañana tratando de definir qué es la espiritualidad (Y sí… Treinta años después todavía no está definida en mi cabeza). Estuvimos más tarde en un puente de madera que tiene más de cuatrocientos años y en una iglesia de la Edad Media.

De improviso la imagen se disuelve y aparece el rostro absolutamente desconocido de un señor que demanda ser atendido por don Parra. De a poco me voy enterando que es un inspector de los impuestos y me hace saber solemnemente que le debo a cada santo una vela y a San Antonio un velón. Me increpa duramente y por el lapso de diez minutos diserta sobre la irresponsabilidad de la gente de mi generación que se pone a realizar proyectos sin haber entendido que nada en esta vida es gratis, que todo se cobra, que todo tiene que ser imputado a Ganancias aunque uno sienta que no ha ganado nada porque todo se fue en formularios, fotocopias, sellos, viajes a la Capital provincial, planos, dibujos, largas esperas en las filas de los contribuyentes para que por fin le digan a uno que ya puede realizar su sueño.

Lo que el señor ignora es que a esas alturas el sueño ya se ha deshecho y no quedan esperanzas. La vida ha pasado una vez más frente a la puerta y nosotros, maletín en mano, en impecable traje de trabajo, apenas podemos insinuar un adiós con la mano libre…

El señor habla y gesticula hasta que, un poco alterado, aprovecho un segundo de silencio y cierro el switch de su imagen.

Quiero volver al archivo anterior pero se ha contaminado de realidades, pixeles y ruidos indefinibles.

(Fecha Interestelar:  2201-2018 – Log del Capitán)

Silencio II

El silencio no siempre otorga, a pesar de lo que dice el proverbio. Pero casi siempre pensamos que sí, que el que se calla está admitiendo. Entonces, a éste suele agitarle la idea de proporcionar más explicaciones para que se entienda el asunto pero lo más probable es que suceda lo que dice ese otro dicho que escucho en Argentina: No aclare, que oscurece. O que la cosa empeore.

Hay otros silencios que no tienen nada que ver con otorgar o no. Silencios que son necesarios porque llega un tiempo que el repertorio de palabras se agota y la multiplicidad de situaciones requiere una enorme y abrumadora cantidad de palabras repetidas, predecibles y naturales – o no naturales según el caso. Entonces se emigra hacia el silencio.

Acabo de ver una película titulada Time Out of Mind – algo así como Tiempo Fuera de la Mente. Trata de un vagabundo que camina por diferentes calles de la ciudad, duerme en cualquier parte y está obviamente perturbado. Mientras el vaga sin dirección escucha las conversaciones a su alrededor. La mayor parte de la película muestra estos diálogos inconexos pero audibles y el protagonista se muestra angustiado porque no puede dejar de escucharlos. Las escenas donde hay silencio son los instantes en que disfruta de una paz relativa.

Y estoy mirando ahora otra película, My Happy Family – Mi Familia Feliz – en la que una mujer que vive con esposo, hijos, madre, padre, sobrinos y novias resuelve irse a vivir sola a un departamento porque en su casa todo el mundo grita e interviene en la vida de los otros. En las escenas donde se muestra su nueva vida sólo hay silencio, excepto el sonido del viento entre los álamos que entra por el balcón y música clásica en piano.

Alguna vez oí a cierto profesor de la universidad cristiana decir que todas las palabras que hablamos están registradas en algún archivo celestial y que nos serán presentadas a la hora del juicio, cosa que simplemente me aterró. No puedo imaginar una pesadilla semejante. Por eso, de tanto en tanto, cuando estoy tentado a creer en este asunto, quisiera no hablar nunca más.

Ojalá se pudiera…

The remain of the day

La imposibilidad del amor sin condiciones, sin querellas, sin reproches, sin resentimientos, sin preguntas, sin la inevitable pulsión del yo. Un poco de consideración, un poco de respeto, una pizca de generosidad, un tiempo de silencio, un pacto de no agresión, una moratoria, a ratos cierta compasión y por qué no algunos olvidos.
Más misericordia que verdad incontestable, más obras que excelentes razones, más interés que mera curiosidad, más paciencia que irritación, más compañía que solo intensa comunión.
Información sobre la naturaleza de algunas cosas, como la reverberación del sol en el verano a la hora de la tarde, o respecto de la tristeza fundamental de las tardes de invierno en La Coruña 5044 hace cuarenta y dos años o sobre por qué uno se casa a los veinte años sin entender nada de lo que está pasando, sólo que hay que hacerlo aunque todavía no termina de cerrarse la mollera.
Respuesta a las consultas silenciosas del cuerpo que desconoce su nueva realidad, que cada vez admite menos y exige más, o a los requerimientos de la noche que no ceja en su empeño por no pasar desapercibida y que niega el absoluto imperativo del descanso o a los secretos cuestionamientos de la conciencia que se pregunta mil veces sobre la diversidad de los caminos elegidos.
Hacinar el esqueleto cada mañana para carpe diem, erguido y tenaz en comenzar los artilugios de la rutina, repasar los asuntos perentorios del trabajo y los costos sociales de ser el caballero que habla, que escribe para el agrado y el desagrado de la invisible audiencia.
Porque las responsabilidades ya no son un asunto preferente; a esta edad ya se jugaron todas las cartas, o casi todas, y no hay nada nuevo que agregar a un curriculum vitae que se quedó demodé y ya las jóvenes almas ocupan toda la plaza, alzan sus flameantes banderas y cantan sus himnos de triunfo.
Nosotros, nosotros no tenemos más que viejos estandartes, mil recuerdos de gloria, una mirada un poco cínica, un pesimismo subyacente, varios libros por leer, remordimientos que ya no se quieren reconocer, luces tenues del alma que se va apagando sin remedio.
Nunca un aire acondicionado y una llave del lavaplatos que por fin funcionen bien fueron asuntos tan importantes en la vida como en este anochecer…

Por qué te vas

“¿Por qué te vas?”, me suelen preguntar. Debo haber leído en alguna parte que los lobos tienen moradas fijas pero almas errantes – o lo inventé yo, no me acuerdo. Es sólo una simpática frase literaria, obviamente. Tengo domicilio conocido pero siempre me estoy yendo a alguna parte. A los doce años hice mi primer viaje solitario en tren y desde entonces no paré de viajar. Muchas fronteras, todos los continentes, distintos idiomas, culturas diversas, todo quise verlo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Tuve la fortuna de trabajar en instituciones que requerían de mi trabajo o de mi vocación en otros sitios y allí estuve. A veces con todas las ganas del mundo. Otras, con el corazón en la mano porque a veces esos universos me quedaban demasiado grandes. O tuve que viajar en circunstancias dolorosas y difíciles. Hubo un tiempo en que pensé que ya no podría volver al camino, tan cansado me sentía. Pero siempre ha habido una razón para hacerlo una vez más.
Va pasando el tiempo y de pronto es inevitable pensar en la eventualidad de un viaje sin retorno, que ya no es tan remota. Y para esa jornada no hay equipaje ni pertrecho alguno que sea útil. Ninguna experiencia de la vida provee indicios de cómo abordarlo, con qué talante y en qué condiciones habrá que embarcar. Siempre que viajo trato de llevar lo menos posible, cosa que a veces impacienta a mis colegas porque hay jornadas en que es imperativo llevar equipajes voluminosos: folletos, literatura, carpetas, materiales, todos esos indispensables abalorios para conducir programas exitosos. Cuando pienso en el viaje final, me consuela comprobar que no se necesita valija alguna; apenas un traje y un silencio eterno. El despojo definitivo, el desprendimiento sin límites, el abandono de todo aquello que antes no queríamos soltar: papeles viejos, fotografías, documentos académicos, libros y cuadernos, todo ese frugal y necesario repertorio de cosas sin las cuales se nos ocurre que no podemos vivir.
Algunas personas se quedarán con esas antiguallas. Conservarán también – posiblemente – la memoria del tiempo compartido, de esos amores eternos que duraron un corto invierno, unas pocas palabras amables y otras no tanto, un diálogo inconcluso, un sueño que deberán completar en nombre del ilustre amigo ausente.
Irse. Un oficio más que un deseo. A veces una pasión. Otras veces ni más ni menos que una urgente necesidad…

Una vejez observada

Puedes contemplar en mí esa estación del año en que las hojas amarillas, unas cuantas o tal vez ninguna, penden de las ramas, tiemblan bajo los vientos fríos, coros desnudos y desolados, donde poco ha cantaban, gentiles ruiseñores…

(Sonetos, Shakespeare)

          No procuro esquivar tu venida inexorable. Te veo acercarte en medio de las cosas que me ocupan. En la multitud reconozco tu semblante gris. Tu rostro sin máscara me mira y no me escondo de ti. Conozco tu nombre. He visto tu abrazo frío, tu aliento de hielo en los que se fueron, en los que se están yendo. A la hora señalada nos vamos a encontrar y entonces nada más misterio y silencio.

Será por eso que la memoria del tiempo pasado se hace más intensa en mis sueños, en lo que escribo, en las horas vacías de la noche. Tanta vida, el trajín incesante de la palabra, los apuros de la pasión y el éxtasis, el agotamiento feliz de la aventura, del arte, del viaje, el desborde de los sentidos, el derroche del vigor – no haberlo ahorrado aunque fuera un poco…

“¿Cuántos son los días de los años de tu vida?”, le preguntaron hace milenios a cierto patriarca: “Pocos y malos”, respondió. Ahora que lo pienso, no creo que fueron pocos y malos. Es que la vejez reconoce lo que malgastamos en la juventud. Y nos inunda cierta bronca por no haberlo hecho mejor. “No me arrepiento de nada” dice una famosa canción. Me cuesta creerlo. Siempre me ha parecido que en esas palabras hay una soberbia que procura ahogar secretos remordimientos.

Mi hermana me envió una fotografía de mi mamá que duerme en una cama de hospital en lo que parecen ser según los médicos sus horas o sus días finales. Es posible que sea así. Es posible que se recupere, no lo sé. Lo que sí sé es que no encuentro nada bello en esa imagen. Me enoja. La muerte me enoja porque en alguna parte de mí siento que esa no era la idea original, pero que la elegimos en un instante de locura.

Sé también que hay quienes son dichosos en la vejez, porque uno elige cómo quiere vivir. Pero por alguna razón la evidencia de los años, la progresiva adversidad entre mente y cuerpo me va doliendo un poco más a medida que pasa el tiempo.

Hoy es viernes. Perdón por la tristeza…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Por qué te vas

“¿Por qué siempre te vas?”, me pregunta alguien que me quiere. Debo haber leído en alguna parte que los lobos tienen moradas fijas pero almas errantes – o lo inventé, ya no me acuerdo. Es sólo una simpática frase literaria, obviamente. Tengo domicilio conocido pero siempre me estoy yendo a alguna parte. A los doce años hice mi primer viaje solitario en tren y desde entonces no paré de viajar. Muchas fronteras, todos los continentes, distintos idiomas, culturas diversas, todo quise verlo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Tuve la fortuna de trabajar en instituciones que requerían de mi trabajo o de mi vocación en otros sitios y allí estuve. A veces con todas las ganas del mundo. Otras, con el corazón en la mano porque a veces esos universos me quedaban demasiado grandes. O tuve que viajar en circunstancias dolorosas y difíciles. Hubo un tiempo en que pensé que ya no podría volver al camino, tan cansado me sentía. Pero siempre ha habido una razón para hacerlo una vez más.
Va pasando el tiempo y de pronto es inevitable pensar en la eventualidad del viaje sin retorno, que ya no es tan remota. Y para esa jornada no hay equipaje ni pertrecho alguno que sea útil. Ninguna experiencia de la vida provee indicios de cómo abordarlo, con qué talante y en qué condiciones habrá que embarcar. Siempre que viajo trato de llevar lo menos posible, cosa que a veces impacienta a mis colegas porque hay jornadas en que es imperativo llevar equipajes voluminosos: folletos, literatura, carpetas, materiales, todos esos indispensables abalorios para conducir programas exitosos. Cuando pienso en el viaje final me consuela comprobar que no se necesita valija alguna, apenas un traje y un silencio eterno. El despojo definitivo, el desprendimiento sin límites, el abandono de todo aquello que antes no queríamos soltar: papeles viejos, fotografías, documentos académicos, libros y cuadernos, todo ese frugal y necesario repertorio de cosas sin las cuales se nos ocurre que no podemos vivir.
Algunas personas se quedarán con esas antiguallas. Conservarán también – posiblemente – la memoria del tiempo compartido, de esos amores eternos que duraron un corto invierno, unas pocas palabras amables y otras no tanto, un diálogo inconcluso, un sueño que deberán completar en nombre del ilustre amigo ausente.
Irse. Un oficio más que un deseo. A veces una pasión. Otras veces ni más ni menos que una urgente necesidad…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

El silencio que no entiendo

“Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto.” – Salmo 83:1

El silencio, muchas veces suele descolocarnos. Seguramente te ha pasado de tener que compartir unos breves instantes con una persona extraña en un elevador y casi instantáneamente comienzas a sentirte incómodo ante la situación tensa que se genera. O tal vez en una reunión, de pronto se produce un silencio y los participantes comienzan a mirarse entre sí generando un clima de incomodidad. Que decir cuando nos toca mantener un diálogo con una persona que solo nos contesta con monosílabos y no parece muy interesada en en la conversación. Al cabo de un tiempo puede que nos sintamos descolocados y que nos formemos un concepto negativo de esa persona.

Pareciera que el silencio incomoda y molesta y hasta puede interpretarse como una señal de agresividad, ya que a veces se utiliza como un arma de castigo o de disciplina. Por ejemplo, el padre está enojado con su hijo entonces decide no hablarle por algunos días, le aplica un trato frío e indiferente a través del silencio. Cuando esto sucede en reuniones, como mencionaba anteriormente, hay personas que se sienten en la obligación de cubrir un silencio con una broma o repentinamente toman la palabra, como si esto fuera su responsabilidad. Aún en la oración, pareciera que aprendimos a asumir el silencio como algo negativo, ya que en muchos casos, nuestra oración consiste solo en hablar. Tenemos una larga lista de pedidos, agradecimientos y demás pero hay dificultad para quedarnos en silencio y escuchar la voz de Dios.

Es verdad que el silencio nos incomoda pero quizás el que mas nos descoloca es el de Dios. Muchas  veces la falta de respuesta nos llena de incertidumbre y nos lleva a preguntarnos: ¿será que estoy haciendo algo mal?, ¿o será que Dios está enojado conmigo? O simplemente pensamos con resignación: El ya no me escucha, entonces qué sentido tiene seguir orando.

En realidad, y aunque todos estos pensamientos son habituales, tenemos que pensar que el silencio de Dios, no siempre tiene que ver con enojos, ni con algo malo que hayamos hecho, ni tampoco con algo que dejamos de hacer. Muchas veces, solo nos está tratando de llevar a un nuevo nivel de búsqueda de su presencia. Suele suceder que con el correr de los años en la vida cristiana, la rutina, las presiones y las heridas van apagando el fuego. A veces el silencio de Dios nos lleva a que volvamos a buscar de El con la intensidad que lo hacíamos en otros tiempos. Seguramente hay un nuevo nivel donde te quiere llevar pero no puedes ir con lo mismo de ayer, necesitas estar preparado.

Te animo a que vuelvas a pensar en los silencios de Dios, no como algo negativo, no como  un trato indiferente de parte de El, sino como un proceso o una oportunidad en la cual se despierta un nuevo hambre espiritual en tu vida. Entonces la oración se renueva y finalmente recibes una promoción espiritual, un nuevo nivel donde El te quiere llevar. No luches, no te enojes, sube al próximo escalón.

Por Daniel Zangaro

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Dramas mínimos

(Incluye glosario argentino)

Esta tarde se ha ido la luz en la oficina. Las máquinas se han apagado y estamos perdidos sin internet. No se pueden responder mensajes y Beli no puede transferirnos los salarios en línea. Se oye el ruido del silencio a ratitos pero las motos con escape libre se encargan de recordarnos que no hay escape de los tentáculos urbanos. El problema de la luz es serio parece. Como dicen por acá, estamos hasta las manos.
La llave (canilla) del lavaplatos pierde un poco de agua por debajo del mueble desde tiempos inmemoriales. Como solamente estoy en casa por las noches no me doy cuenta que hay que repararla. La señora de la inmobiliaria me dice que es mi problema porque es una situación de uso.
Se me salió una de las puertas correderas del ropero (placard). Me pasé tres noches tratando de descubrir cómo volver a colocar la puerta de vuelta en el riel. Anoche lo logré. No me pregunten qué hice pero entró. Bien por mí que soy un desastre con las labores manuales – excepto en la cocina.
El calentador de agua (calefón o termotanque) está afuera en un patiecito interior. Hace unas noches hubo unas ventoleras de promociones terroríficas. Cuando eso ocurre, la llamita del piloto se apaga y no hay manera de encenderla hasta que el viento se digna amainar. No me puedo bañar hasta mañana… o pasado. Hasta entonces no es un gran problema.
Paso todos los días frente a una bellísima casa que está cerca de donde vivo. Tiene un inmenso antejardín y casi todos los días hay una señora, que parece ser la dueña, que está barriendo la vereda o regando el pasto. Hoy, por hacerle un cumplido le digo al pasar: “Es una casa admirable”. La pobre señora me mira entre asustada y enojada, murmura algo y se aleja rápidamente. En ese momento su marido sale en el auto y me mira con cara no de pocos sino de ningún amigo. Así que aprieto el paso y me alejo lo más rápida y discretamente posible. No vayan a pensar que soy un ladrón (chorro) que está merodeando y llamen a la policía para ser detenido (demorado).
Pero no todo es drama. Anteayer encontré en el almacén de la esquina un jamón de una textura y un aroma que me hace recordar mi infancia en Chile. Con ese lujo poco frecuente tomé una once (merienda) memorable…

En pocas palabras

De todas las edades posibles quizá termine prefiriendo la que no he vivido aún. Con el tiempo la vida ya casi cabe en una valija. Siempre hay buenas ofertas en la ropa americana. Los libros que no voy a escribir los voy a donar a la biblioteca de Nunca Jamás. Ya regalé mis antiguos trajes y todas mis corbatas excepto la que me regaló Moisés Toirac hace veinticinco años.
Transité la poca distancia que hay de tarde en tarde a de nunca en nunca. Es posible que valga más nunca que tarde. El rey David ya no canta las mañanitas. El cartero ya no llama ni una vez. Cerrado por derribo. Devuélvase al remitente.
Toda la música que escucho no es más que notas al pie de Samba pa ti. De los libros, vuelvo siempre a Las Islas. De los discursos e importantes materias, casi nada. Los errores enseñan algo: no te metas. El amor, inexorablemente, pasa la factura. “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres”: la vida tal cual. De las películas quedan Orgullo y Prejuicio, El Muro (Pink Floyd) y La Ladrona de Libros. De los lugares, lejos primera opción, la vieja cuesta de Los Añiques y Pucura Alto en la Araucanía.
Algunas luces todavía brillan adentro y prolongan por un tiempo las posibilidades. Persiste la distancia entre el pensamiento lateral y la gestión de las instituciones. Sigo oyendo historias de desencuentros entre el discurso y la realidad. A veces ya no es posible saber qué es ficción y qué es realidad. Nos acosa una suerte de esquizofrenia socioespiritual.
No queda más que reparar las trizaduras del alma con cinta adhesiva de embalaje. Cuando no hay más ganas se deben reponer con sopa de pollo. Hay que encender un quinqué en el muro de la memoria para ordenar los recuerdos. Como dijo una escritora mendocina, hay que dejar de sobarle la espalda a la tristeza y abrazarla, despedirla cariñosamente y dejar que se vaya por un tiempo para que regrese fresquita y renovada algún tiempo después.
Algunas cosas quedan, supongo, pero la mayoría se diluyen en la intensa actividad
La insistencia se impacienta en los recovecos de la red. Atenta está la bronca del silencio. No se molesten, gracias. La noche sigue teniendo fatigas.

El reloj

Iara tiene diez años y los días miércoles llega en punto de las siete de la tarde para tomar la clase de inglés que le doy semanalmente. Hace unos días me trajo un regalo y una tarjeta hecha por ella. Me emociona que se haya tomado el trabajo de escribir – en inglés – unas palabras de gratitud por el curso.
El regalo consistía en un despertador como esos antiguos con las dos campanillas y un martinete para sonar la alarma. No es a cuerda, por cierto, sino que funciona a batería pero tiene el aspecto de los vetustos relojes que eran una pieza indispensable sobre la mesita de noche cuando, hace como mil años, yo era chico.
Me ha causado un sentimiento muy especial el volver a oír el tic-tac que, en medio del atesorado silencio de la noche, suena nítidamente. Yo, un agradecido del pasado – más bien un ferviente y nostálgico admirador de aquellos días – me quedo quietecito escuchándolo. El tiempo recupera para mí en esos segundos preciosos, su antiguo significado. Anoche recordé aquel fragmento singular de Rudyard Kipling: “Si puedes llenar el minuto implacable con el valor auténtico de sesenta segundos, ¡es que eres ya un hombre, hijo mío, y tuya ya la tierra, tuyo ya todo el mundo!
Tic-tac. Me tranquiliza la cadencia del ritmo, esa resolución metódica que uno quisiera escuchar en todas las cosas. Pero ya casi no hay resolución en los sonidos del mundo, no hay ritmo. Todo es vértigo, velocidad, multitarea, locura de videoclips, motos con escapes asesinos del oído, urgencia de llegar al mediodía con las tareas cumplidas. Todo se confabula contra la armonía de las cosas.
Por eso es que el campo, la montaña, el río, el lago, el bosque, todo eso lejos de la bulla implacable sigue siendo mi esperanza. Viví veinticinco años en el campo. El tic tac acompasado de la vida era el linimento para las heridas de guerra, refugio para los sentidos, perspectiva para recuperar la cordura. Desde el trajín demencial de la ciudad, saludo y añoro esa paz.
Me paré unos segundos esta mañana en la esquina del bulevar para cruzar. Pasaron camiones, autos, micros, motos y bicicletas; lo único que atiné a hacer en esa espera fue evocar el tictac del reloj que el miércoles pasado la pequeña Iara me trajo de regalo…

El silencio de los corderos

Los títulos de las películas nos llegan siempre distintos del original. “El Silencio de los Inocentes” era en realidad “El Silencio de los Corderos”. Cuando leí la novela entendí mejor el título. Lo que pasó en la casa de campo donde fue llevada Clarice Starling cuando era niña fue que una mañana escuchó el balido de unos corderos que estaban siendo sacrificados en un granero; en un momento de desesperación quiso salvar a uno de ellos. Lo tomó en brazos y trató de huir pero era muy pesado, así que fue alcanzada finalmente por su tío. Lo que quedó en su mente era ese balido doliente de los animales a la hora de morir y lo único que anhelaba era el silencio. No oír más ese lamento terrible. Anhelaba el silencio de los corderos.
El sacrificio de los corderos me remite siempre a la imagen que los cristianos tienen de estas adorables criaturas. Merced a ciertos pasajes estratégicos del texto, se exalta su carácter manso y confiado como un ejemplo de lo que debería ser nuestra conducta. Sin duda la imagen es muy noble y estimulante. Pero andando los años y habiendo visto tanto dentro de las instituciones cristianas llego a la dolorosa conclusión que a veces quisiera también experimentar ese silencio.
Es decir, quisiera no oír el lamento de muchos corderos que son sacrificados en los rediles en nombre de la obra, la misión, la humildad, la simplicidad cristiana, la lealtad, el compromiso financiero, el servicio, la obediencia, el respeto irrestricto a los ungidos, por nombrar sólo algunas causas. Causas que son invocadas por los conductores de los corderos para justificar sus emprendimientos institucionales o su enriquecimiento económico; para consolidar sus posiciones y su prestigio sobre la base de la obediencia inmediata y completa de los corderos; para explicar la tragedia entre telones que se vive con las luchas de poder, las traiciones, los celos y envidias del sistema, las divisiones, el abandono de la solidaridad hacia los más indefensos del redil, en fin.
No es que me sorprenda que, como en cualquier institución donde se reúne gente en torno a cierto ideal o consigna, haya evidencias de la precariedad de la condición humana. No hay agrupación perfecta alguna. Lo que le angustia a uno es que por causa de ciertos “más altos intereses e ideales” se escuche aún el lamento arrinconado de los corderos.

Send this to a friend