La familia del fútbol está de luto; la del periodismo internacional, también. Despertamos con el escalofriante informe de la muerte, este lunes en la noche, de los Chapecoenses de Brasil. El equipo carioca viajaba a Colombia para disputar el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana contra el Atlético Nacional. La muerte se les interpuso en el camino al producirse un accidente aéreo en las inmediaciones de los municipios colombianos de La Ceja y La Unión. La aeronave, perteneciente a la compañía boliviana LAMIA, procedía del aeropuerto “Viru Viru”, ubicado en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, donde el parecer había realizado una escala técnica. Según el Aeropuerto de Medellín, el avión transportaba a 81 personas, entre jugadores del Club Chapecoense de Brasil, el comando técnico, la delegación oficial, un nutrido grupo de periodistas e integrantes de la tripulación; la mayor parte perdieron la vida en el siniestro.

Pareciera, en instantes como estos, que el cielo guardara silencio, amén de la misericordia, por el reclamo que suele aflorar en la mente de a quienes nos conmovió la noticia: “¿Por qué Dios permite el sufrimiento?”. Y realmente no hay nada de malo en formular semejante incógnita; muchos personajes bíblicos, como Job y Habacuc, se hicieron preguntas similares. Mas no siempre obtendremos respuestas para todas nuestras dudas, máxime cuando accidentes como este parecieran carecer de todo tipo de sentido. Los cristianos creemos firmemente, empero, que Dios, dueño absoluto del Universo y sus cimientos, permanece al pendiente de la angustia humana, garantiza seguir siendo nuestro amparo en medio de las tragedias de la vida y nos promete que un día, el de la gloriosa eternidad, enjugará toda lágrima de nuestros ojos.

CVCLAVOZ expresa su solidaridad a los familiares de los fallecidos en el accidente aéreo del Club Chapecoense de Brasil y eleva sus oraciones para que la paz y la fortaleza del cielo, aun desde el ignoto silencio, los pueda confortar.

Artículo por: Ahmed Otero Prado.

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