Según un estudio patrocinado por la organización intergubernamental Ideas en la Argentina, en la escala de 1 a 10, quienes inspiran más confianza son las universidades, con un 7,5. Las iglesias obtienen un modesto 4.0; el estudio considera seguramente a la iglesia católica porque la iglesia evangélica tiene una presencia bastante menor en la sociedad (8% de la población).
En Chile, según la ultima encuesta CEP (Noviembre 2016), en la escala de 1 a 100, la institución que genera mayor confianza es la policía (54%). Las iglesias (católica y evangélica) se alzan con el 30%.
Todo el mundo – o la mayoría al menos – sabe que las encuestas siempre tienen un sesgo según quién las encarga o quién las realiza. He intentado mirar los resultados de dos o tres centros de estudio y los números con bastante parecidos en los rubros seleccionados, es decir, la institución que genera mayor confianza y la percepción que hay de las iglesias, entre otros aspectos de la consulta.
Nos interesa considerar el lugar de la percepción que la gente tiene de las iglesias, de sus dirigentes y de sus fieles. En ambos estudios las iglesias bordean apenas el 30% de la confianza pública. Se pueden hacer diversas conjeturas sobre estos magros resultados de su imagen pública: conducta deplorable de algunos sacerdotes y pastores, falta de relevancia de los temas que interesan a los grupos de creyentes, la participación en la vida pública con resultados poco efectivos en la mejoría de las condiciones sociales, desaciertos en la participación de los cristianos en la acción política directa, en fin.
Sin embargo, más importante que todos los aspectos mencionados es el debilitamiento de la imagen y en sentido que la cristiandad tuvo en otras épocas de la historia: su sólida independencia del poder político, la claridad profética de su mensaje, su acción directa en el cuidado de las personas pobres, enfermas y desamparadas.
Hay como en todas las cosas notables excepciones. Pero precisamente eso es lo que nos duele: que sean excepciones y no la norma, esto es, que las instituciones cristianas sean efectivamente luz y sal en la sociedad.

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