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Pensamiento antipático

“Ningún gobierno debiera sostener intelectuales si son intelectuales, porque un intelectual no es orgánico. Plantea dificultades. Donde los políticos ofrecen creencias, él plantea pensamientos que disuelven sus creencias. Por lo tanto, no tiene que ser simpático, el pensamiento no es simpático. No hay pensamiento con felicidad; el pensamiento es inquietante.”
Tomás Abraham (filósofo argentino)

Algunas pocas – y afortunadas – veces encuentro palabras que reflejan con tanta fidelidad lo que pienso y siento. Esta cita de una entrevista telefónica del autor con un medio nacional resume mi creciente convicción de que alguien que piensa seriamente no puede estar al servicio de una causa o un sistema dirigente.
Por más noble que suene el “servicio a la causa” va a ser inevitable que tarde o temprano ella y sus dirigentes demanden una lealtad injusta o indigna del escritor, del comunicador o de quien quiera que piense algo más allá de la estructura.
Cuando las ideas y las creencias son pensadas como deben ser pensadas es más que frecuente que resulten incómodas, molestas o inconvenientes para el poder. El poder asegura su permanencia basado en la lealtad de la gente que abraza sus consignas y sus declaraciones de factura más o menos simple, fáciles de entender para la mayoría y que constituyen el discurso unificador de los dirigentes.
Es en este sentido que podríamos afirmar que una buena parte de los profetas antiguos cumplieron una función intelectual: comprendían el pensamiento de Dios, veían las inconsistencias entre Su ley y la práctica de los dirigentes políticos y religiosos y las confrontaban muchas veces al costo de sus propias vidas.
Un intelectual no siempre será una persona con altos estudios y calificaciones superiores. A veces no es más que alguien que comprende el tiempo que vive, que tiene una noción bastante clara de la justicia, de la verdad, de la integridad y por eso cuando habla, sin compromisos ni acomodos al oído del poder, es antipático.
“El pensamiento no es simpático. No hay pensamiento con felicidad; el pensamiento es inquietante.” Estas palabras están en severo contraste con el discurso de los políticos y del que muchas veces sale de púlpitos para complacer a la multitud.
Alguna vez leí que un intelectual no es una persona que sirve a una causa, sea política, religiosa o cultural. Es un outsider, alguien que está afuera – como estaba Juan el Bautista – pero que entiende perfectamente lo que pasa allá adentro.

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Justicia pendiente

¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?*, pregunta Jeremías a Dios alegando su causa delante de él. Hay que advertir que no está quejándose porque a él no le va bien y a los malos sí. Es muy importante recordar que la perspectiva de los profetas es siempre social, siempre pública. Así que este pasaje debe entenderse como la angustia que cualquier persona de bien tendría frente a la situación en la que se encuentran muchos de nuestros países hoy.

Personas poderosas que se han enriquecido robando o engañando al Estado, que han asesinado, han ordenado o han consentido en el asesinato de personas, gente que ha recibido enormes sobornos con evidente daño a la estructura fiscal, que han participado en negocios ilícitos, que han concentrado perversamente poder político, económico, comunicacional – en fin, usted nómbrelo -, mantienen no sólo su libertad y escapan al ya bastante dudoso brazo de la ley, sino que siguen ocupando importantes cargos en la esfera ejecutiva, legislativa, judicial y económica.

La bronca del pueblo es precisamente la de Jeremías: ¿cuándo van a ser juzgados y a pagar sus fechorías? Bronca que se profundiza cuando uno siente que estos personajes literalmente se jactan de su impunidad, se esconden en los artificios de una ley debilitada, blasonan de íntegros y leales. No sólo prosperaron y siguen prosperando sino que se ríen de la justicia.

En alguna parte se pregunta un poeta bíblico, “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” En amarga sátira decía un columnista que leí hoy, “Si la justicia no llega, entonces burlemos la justicia también nosotros, pero hagámoslo bien, no seamos más giles.

No parece haber una fuerza social que pare esta burla macabra a lo que alguna fue el espíritu de la Constitución Política de nuestros países, que abogaba por naciones justas, por ciudadanos respetuosos y si fuera necesario, temerosos de la ley, con un orden jurídico fuerte y una justicia efectiva.

En algunas ocasiones en la historia esa fuerza social fue ejercida por cristianos que entendieron el reino de Dios y el Evangelio no únicamente como una platónica mirada a un venturoso más allá, sino como una acción directa y responsable en el tejido social para sanar la nación y restituir el orden perdido.

Loables llamados a la oración tienen su lugar, pero sin acción consecuente resultan estériles.

(*Jeremías 12:1)

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Todas las preguntas del mundo

Con motivo de ciertas entrevistas radiales que he estado dando en una emisora argentina recibí varias preguntas que la conductora del programa me pide que responda en una emisión especial.
A poco de comenzar mis reflexiones – esquivo hasta donde sea posible el lugar de “respondedor de preguntas” – me di cuenta que las consultas sobrepasaban largamente el rango de temas que habíamos tratado en los programas previos. También me fijé que las preguntas han sido hechas mayoritariamente por gente joven. Así que el cuadro que se me presentó es éste: la gente joven tiene muchas – demasiadas – inquietudes que no han sido tratadas en el entorno de sus iglesias.
Me llamó mucho la atención además que casi ninguno de ellos me haya preguntado sobre problemas “espirituales”, familiares, económicos, eclesiásticos , emocionales, que seguramente los tienen.
Querían saber qué pensaba Dios de la guerra, del abuso contra las mujeres y de la esclavitud y por qué en la Biblia no parece que El repruebe estos males sociales.
Querían saber por que los cristianos no aparecían involucrados en el nacimiento de la ciencia.
Querían saber si era posible ser cristiano y marxista.
Querían saber por qué algunas grandes figuras de la historia habían sido criadas en hogares cristianos y se habían alejado o se habían hecho militantes contra la fe cristiana.
Querían saber por qué muchos jóvenes cristianos que cursan en la universidad se alejan de Dios.
Querían saber por que los cristianos están en contra de algunas guerras y a favor de otras.
Querían saber por qué la iglesia no trata de estos temas que hacen a la vida “real”.
No me da el espacio para colocar aquí todas las inquietudes que he recibido de ellos. Son preguntas ardientes. Son preguntas angustiadas. Preguntas que vale la pena abordar porque la gente joven es confrontada con ellas todos los días – y nosotros también deberíamos. Son preguntas que se encuentran en extrema orfandad de respuestas. No son preguntas poco espirituales. Son preguntas similares a las que se hicieron los profetas bíblicos.
La gran pregunta – ya que éste es el tema – es: ¿Cuándo vamos a abordar éstas y muchas otras cuestiones importantes en la formación de nuestros creyentes? ¿Hasta cuándo seguirá siendo tan importante enseñar cómo podemos ser felices y cómo podemos asegurarnos un lugar en la iglesia y en el cielo?
Como en tantos otros temas que trato aquí, ofrezco la palabra.
(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Forma y contenido

Una discusión que no parece tener término es ésta: ¿Hay otras maneras de comunicar el mensaje de Dios a nuestra generación?

Sostengo que la manera en que la mayoría de los evangélicos predica el mensaje no tiene llegada al mundo externo a la iglesia. Y eso hace inefectivo su esfuerzo evangelizador. Los números en todo sentido dan la razón a esta afirmación.

El argumento de los comunicadores – y predicadores, claro está – es que el mensaje no se cambia. Que intentar otras formas de predicar el evangelio es traicionar el mensaje.

Este error estratégico se debe a una comprensión inexacta de forma y contenido. Mi propuesta es que la forma potencia o, caso contrario, debilita la comprensión del contenido. A su vez, el contenido puede dar fuerza o debilitar a la forma del mensaje.

Un extenso pasaje de Ezequiel (capítulos 4 y 5) puede ayudarnos. Dios le ordena a Ezequiel construir una maqueta en adobe de Jerusalén a la entrada de la ciudad y colocar entre él y esa maqueta una plancha de hierro. Debe acostarse durante 390 días sobre un costado y luego 40 días sobre el otro costado, siempre teniendo la plancha de hierro entre él y la maqueta. Debe alimentarse de pan de grano cocido al fuego de excremento de animales. ¡Ezequiel solicitó permiso para que no fuera de excremento humano como fue la orden inicial! Debe cortarse el cabello, dividirlo en tres porciones y esparcir una al viento, otra quemarla al fuego y otra conservarla.

En seguida, Dios explica a Ezequiel el significado de toda esa instalación, como se diría hoy en el mundo del arte. La primera parte es la forma. Lo que Dios dice a Ezequiel que eso significa es el contenido. Esa es sólo una muestra de la increíble diversidad que Dios usó para comunicar su mensaje al pueblo a través de los profetas.

Jesús nunca – repito, nunca – predicó su mensaje de la misma manera dos veces. Siempre utilizó una forma y un contenido que se adaptaran a la situación. Cuatro ejemplos, entre muchos otros: sus encuentros con Nicodemo, con la mujer samaritana, con el joven rico y con Zaqueo. ¿Leen ustedes que a los cuatro Jesús les dijo “Arrepentíos y convertías porque el reino de los cielos se ha acercado?” No. Y sin embargo, los cuatro fueron confrontados con la misma verdad.

¿Por qué entonces insistimos en que la predicación y la música “cristiana” son las únicas formas de impactar y quebrantar los corazones de esta generación?

Abro el diálogo.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para CVCLAVOZ)

El retorno

La tragedia que vive este continente en casi cada frente de la vida social no convoca el interés de nuestra gente. Aparte de alguna mención en un medio de comunicación o algún ferviente “Oremos por…” que al día siguiente ya nadie recuerda, se advierte una distancia enorme entre discurso y realidad.
La auténtica voz profética está ausente. Se extraña ardientemente una lectura de los profetas Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Malaquías, Zacarías, Nahum, Sofonías, Hageo, Habacuc. A quienes ignoran el Antiguo Testamento porque lo consideran “pura historia” y que creen que lo único importante es leer el Nuevo porque trata de Jesús y lo que sigue hay que recordarles que son personas que hablan desde la Biblia y en nombre de Dios a nosotros, no a los gentiles.
Es asombroso que los creyentes no sepan que los profetas no hablaron a los pueblos paganos. Dirigieron su palabra – siempre – al pueblo de Dios. Eran hijos de su raza, provenientes de distintos niveles de educación y clases sociales, todos ellos con una tarea común: despertar al pueblo de Dios de su inútil activismo religioso, de su imperdonable indiferencia hacia la realidad política, social y económica de la nación y de la progresiva transformación de la fe en una etiqueta externa para bautizar una existencia que no tenía diferencia alguna con la de los gentiles – a los que despreciaban.
Incluso el mensaje del Nuevo Testamento, que a la mayoría le parece lo único importante de leer (y no completo tampoco, sino la consabida batería de versículos de memoria, desconectados de contexto y profundidad integral) nos urge a entender el mundo que vivimos y a participar en él en la forma de sal auténtica y no sólo de distante luz.
Retornar a una visión integral de la Biblia y de la visión cristiana del mundo y de la vida es de una urgencia demandante. Entender las Escrituras como una visión – una filosofía – integral de la realidad debería provocar en nosotros un celo por actuar más allá de las palabras, los discursos y las solemnes convocatorias a la intercesión en tranquilos sitios privados.
Hay que retornar a la visión original del Nuevo y del Antiguo Testamento, que por todas partes nos dicen que la vida de la fe no es una gira de felicidad y entretenidos momentos espirituales sino una misión transformadora que sazone y modifique la realidad política, económica y cultural de nuestras naciones.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¿Te sientes solo o deprimido?

Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal. Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.” Romanos 11:3-5.

Elías se sentía solo y abatido ante la dura prueba de persecución que estaba atravesando y esto lo llevó a pensar que él era el único profeta que había quedado con vida, por lo que ahora vendrían por él. Si bien esto no era cierto, al menos era la propia percepción de Elías, quien tuvo al menos la virtud de no enmascarar sus temores, sino que por el contrario fue completamente sincero delante Dios. El no tenía ninguna esperanza en que algo mejorare, en su concepto todo el pueblo de Israel se había apartado del Dios verdadero.

Sin embargo Dios le dice: “He apartado para mí siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal.”  Y Romanos 11:5  nos dice que en la actualidad hay un remanente escogido por gracia para hallar salvación. Por lo tanto, y contrariamente a la visión que Elías tenía, Dios había separado una gran cantidad de hombres que no se habían entregado a la idolatría de Baal. Arrodillarse ante él representaba la sumisión de una persona ante ese dios. Recordemos que Baal estaba a la cabeza en el panteón y era considerado el padre de los 70 dioses.

No se suponía que Elías debía estar deprimido, pero lo estaba. Un hombre como él, que oró y no hubo lluvia por mas de tres años, y también por su oración la lluvia regresó. Un hombre lleno de poder de Dios y de una fe tan valiente y certera como para avergonzar públicamente a los profetas de Baal, sin embargo Elías estaba deprimido, las glorias pasadas ya no servían para animarlo ni mirar el futuro con esperanza.

Muchas veces nos sentimos como Elías o bien como el Apóstol Pablo quien hace referencia a esta historia del Antiguo Testamento. Enfrentamos oposición y hasta nos sentimos solos con nuestra fe y valores cristianos. En ocasiones vemos las noticias o los valores que se transmiten por los medios de comunicación y podríamos llegar a una conclusión parecida a la de Elías, ¿acaso todos se han apartado del verdadero Dios? ¿Dónde han quedado el temor de Dios y valores tales como el matrimonio, la familia o el respeto a la vida?

En ocasiones veo personas defender acérrimamente al líder del partido político al que adhieren o su ideología, sin embargo no están dispuestos a levantar una sola palabra para oponerse a leyes que abiertamente contradicen la Palabra de Dios. Pareciera que somos mas audaces y valientes para defender una posición política que para defender los principios de nuestra fe.

Sin embargo, hoy al igual que en los tiempos de Elías, hay un remanente que no dobló rodillas ante los valores de las post modernidad, un ejército que no se avergüenza del Evangelio y está dispuesto a permanecer firme aún en medio de la persecución.

Es posible que en otros tiempos hayas servido al Señor, sentías que El te usaba como instrumento suyo, lo buscabas con pasión queriendo compartir su Palabra con cuanta persona te relacionabas. Pero quizás hoy te encuentras como Elías, sin esperanza, sintiéndote solo y viviendo de recuerdos, pero ante estas situaciones es buena recordar lo que Dios le dijo al profeta: “Levántate y come porque largo camino te resta” 1 de Reyes 19:7.

Por Daniel Zangaro

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Zona cero

Hace unos días escribí en esta columna el artículo “Hablo de política”. Era una modesta respuesta a una interrogante planteada por Angel Galeano respecto de la mentalidad los cristianos no nos metemos en política, postura que se impone a los medios de comunicación del mundo evangélico.
El título fue intencional. Era un intento de provocación a la actitud indolente de nuestro pueblo respecto de la gestión del gobierno y la legislatura. Como lo supuse, ha sido uno de los artículos con menos convocatoria. Hasta hoy que escribo estas líneas apenas ha superado la barrera de las sesenta lecturas cuando otros en menos de dos o tres días superan las noventa. Sé que esos números en la práctica son distintos pero muestran una tendencia.
La tendencia es la que he venido mostrando a través de decenas de artículos en este espacio. La mayoría de los evangélicos tienen un interés y una responsabilidad cero respecto de lo que sucede en la política, la economía y la cultura de sus países – aunque no ahorran comentarios sobre el pecado y la maldad del cuerpo social, atribuyéndolo por supuesto a la única causa que saben colegir: que la gente no ha entregado su corazón a Cristo.
Como digo siempre, con todo lo espiritual que suena esta explicación, termina siendo insuficiente y pusilánime. Insuficiente porque desconoce el bien que hay en la sociedad a pesar de los cristianos; pusilánime porque han abandonado la conciencia social que otros creyentes han mostrado con valor a través de la historia cuando la sociedad estuvo en grave peligro de destrucción; no se parapetaron en el “mensaje evangelístico” sino que salieron a la legislatura, a los tribunales, a la calle y a donde fuera necesario para denunciar lo malo y a trabajar codo a codo con la gente de buena voluntad para mejorar los días.
Fueron más dignos herederos de la tradición de los profetas bíblicos que con independencia del poder eclesiástico y del poder político asumieron la peligrosa responsabilidad de hablar en nombre de Dios a favor de los pobres y los oprimidos y en contra del latrocinio, la corrupción, el crimen y la violencia institucional.
Peligrosa porque a muchos les costó la vida, siempre a manos de los dirigentes que vieron amenazadas sus parcelas de poder y riqueza. A los monumentos levantados más tarde en honor de ellos, Jesús los exhibió como testigos contra los mismos que los asesinaron.

Ellos

Tienen asistentes que manejan abultadas agendas y asesores de imagen que se ocupan del color de sus camisas y el estilo de peinado. Tienen representantes que redactan contratos y reciben suculentos cheques a nombre de su cliente. Acuerdan con los interesados los términos del evento, incluyendo los siguientes ítems: vuelo en primera clase para el personaje y en business para su staff; limosinas con vidrios negros, suites en hotel de cinco estrellas y habitaciones ejecutivas para el equipo, todas en el mismo piso; frutas frescas, agua mineral Perrier, toallas blancas de doble densidad, camerino privado a no más de diez metros de la plataforma con iluminación y el sonido según un esquema previamente aprobado por sus técnicos.
Las entrevistas son manejadas con el secretario de prensa, con cuestionarios conocidos de antemano (no se admiten preguntas incómodas en cámara) y por las cuales se acuerdan honorarios adicionales.
Un aspecto importante es la seguridad del personaje, por lo cual debe haber un equipo de cinco guardaespaldas – que se note que son guardaespaldas, no son hipócritas como los otros que los tienen camuflados como personal administrativo. Ellos deben mantener a los fanáticos y admiradores a prudente distancia, aunque se puede manejar algún contacto “espontáneo” del personaje para mostrar un poco su lado humano.
Algunos son trovadores que recibieron la iluminación algo tarde en la vida pero todavía a tiempo; otros han estado siempre ahí y por cierto olvidaron sus modestos comienzos cuando enviaban CD’s a las radios del circuito a ver si ponían sus temas por favor. Otros son conferencistas que inventaron un modelo revolucionario para vencer el fracaso financiero o la depresión endógena; ofrecen cátedras multimediales que aseguran la victoria final o se especializan en denunciar los escándalos de la nomenklatura. Han escrito una decena de libros extraordinarios que, por cierto, pueden adquirir al final de la charla en el lobby del recinto, que incluyen un DVD con una selección de conferencias grabadas en estudio.
Ellos son los profetas del nuevo siglo. Han asumido la sacrificada responsabilidad de anunciar al más humilde, al más sencillo, al más profundo, al más anónimo, al más extraordinario personaje de la historia, que jamás escribió un libro y que por no tener un equipo de seguridad apropiado, fue apresado, torturado y asesinado un oscuro fin de semana…

Verdad y emoción

Cuando termino la entrevista semanal con mi amigo Angel Galeano en su programa “Más vale tarde” me queda siempre una sensación rara. Llevo tantísimo tiempo pensando y hablando con tan pocas personas acerca de la ausencia enorme del pueblo cristiano en la sociedad civil que esa media hora se convierte en una suerte de catarsis. Por definición las catarsis son desmedidas; implican la idea de purga o purificación. En palabras castizas, sacarse la bronca a través de un episodio emocional.
Una extensa parte de mi experiencia cristiana la viví en una cultura que desconfiaba de las emociones. De hecho una de las enseñanzas clave del curriculum de la institución era “Verdad y emoción”. En la hora y media que duraba la conferencia se construía un argumento monumental para probar que la emoción, si bien tiene un lugar para las cuestiones de índole inferior en la vida, no sirve para nada en el conocimiento, el discernimiento y transmisión de la verdad; al contrario, es peligrosa. De nuevo, el ethos griego, el viejo Platón metiendo su cuchara en la educación cristiana.
Por eso debe ser que tengo esa sensación después de hablar en el programa de Angel. Aunque estoy convencido que las cuestiones que abordamos en esa entrevista periódica son de capital importancia y deberían ser ampliadas y reflexionadas con mucho más tiempo, la ansiedad que me agarra, la agitación que experimento al decirlas pueden, a los ojos de los puristas, hacer que pierdan legitimidad. Cuando estudiaba en Europa en una universidad cristiana, una de las responsables del curso descalificó mis argumentos diciendo: “Cuando a Benjamin se le pase esa crisis existencial, entonces voy a escucharlo”. Me angustiaba el desprecio que demostraban allí hacia la expresión de las emociones. Para ellos, eso no era parte del descubrimiento y discusión de la verdad.
No pretendo resolver la cuestión en este breve espacio. Pero permítanme decir que, como en tantas cosas en este mundo, la racionalidad es dueña de la academia, de la política exitosa, de la empresa próspera, de la doctrina religiosa. El mundo es de ellos. Los artistas, los poetas, los profetas que lloran a ojos del pueblo por sus maldades y sus imperdonables ausencias, ellos son marginales, personajes pintorescos pero a la larga inútiles, inefectivos a la hora de la ejecución matemática de los designios y políticas del sistema que controla la realidad.

Cositas lindas

No vean… Dígannos cosas halagüeñas. Esta intimación fue hecha a los comunicadores sociales – llamados profetas en aquellos días – por una antigua civilización, harta de conflictos políticos y económicos, secularización de las costumbres y amenazas de invasiones y guerras. Incapaces ellos y sus dirigentes de resolver el dilema del presente, preferían sumergirse en la molicie agradable de la farándula, el chisme y la charada sensacional. En palabras actuales, les pedían: “Hablen de cositas lindas.”
La ironía era – y sigue siendo – que el gozo y la alegría que querían oír no se fundaba en un orden de cosas constructivo y pacífico, sino en la exacerbación de los sentidos, el griterío, la música estridente, un consumismo desenfrenado y un desorden social que resultó ser el caldo de cultivo para el desastre definitivo.
Cuando uno lee las crónicas de aquel tiempo, situado en el Cercano Oriente alrededor del siglo V a.C., tiene la curiosa y triste impresión de estar leyendo la sección de espectáculos de la prensa escrita o viendo los programas de farándula (llamados de chimento en Argentina). Y como si esa impresión no fuera suficiente, nos enteramos que esas secciones y programas concitan los mayores índices de lectura y audiencia. En otras palabras, las cosas definitivamente no cambian.
Lo halagüeño es fácil, es barato, no requiere mucha elaboración – excepto los costosos montajes de televisión que necesita la estupidez para ganar los primeros lugares de audiencia. Lo entretenido no requiere mucha elaboración mental, es superficial y tiene un íntimo entronque con lo emocional. La risa genera, nos dicen, una serie de efluvios químicos que relajan y alivianan el peso de la vida. Lo que no nos dicen es qué pasa con la cabeza cuando lo único que la gente quiere es reírse y no hacerse responsable socialmente.
Lo entretenido y agradable es parte de la vida y no deberíamos nunca renunciar a sus beneficios. Pero nunca tanto. La vida es ancha, ajena y compleja y requiere de nosotros un grado de equilibrio y responsabilidad para hacernos cargo de ella, tanto individual como colectivamente. Es irónico constatar que los templos están colmados de gente que quiere oír cositas lindas, pasar un rato simpático e irse a su casa con una agradable y halagüeña sensación. El mundo se puede ir a buena parte si quiere; total, ellos no son de este mundo.
De esas cosas, aquí en este blog, no se trata.

La profecía

Crisis en la distribución de alimentos y de agua, ausencia de líderes fuertes que den conducción inteligente a la nación, medios de comunicación que han abandonado su rol de educar e informar y han optado por el entretenimiento, caída en la calidad de la educación; el poder político y económico en manos de jóvenes arrogantes, inexpertos y sin respeto por orden social. Incremento de la violencia pública e intrafamiliar, degradación del respeto a la persona humana en todos los niveles. En medio de este cuadro, aquellos que podrían luchar por recuperar la nación para un mejor destino han renunciado a tal responsabilidad, abrumados por su propia situación y por el clima social.

Aunque lo parezca, esta no es la agenda editorial de una cadena de noticias latinoamericana. Son, en realidad, temas expuestos por un importante comunicador en la sociedad de Israel alrededor del año 680 antes de Cristo. Su nombre era Isaías y era parte del linaje de la familia real. Sus palabras, por supuesto, han sido puestas en clave actual.

En esa época no existían las agencias de noticias, no había periódicos, radio ni televisión; así que Dios implementó un medio de comunicación que cumpliera con la responsabilidad de enfocar la atención de los líderes y del pueblo en los asuntos realmente importantes de la hora: los profetas. A veces eran gente educada y emparentada con el poder; otras veces fueron modestos trabajadores, todos ellos llamados por igual a mostrar al pueblo los caminos que Dios y la experiencia revelaban para mejorar las cosas.

Si uno examina rigurosamente la labor de los profetas, se da cuenta que no sólo hablaron del futuro: también denunciaron y se involucraron con la palabra y la acción en la contienda social. Si uno examina, a su vez, los contenidos de la mayoría de los medios de comunicación que representarían la voz del Dios de la Biblia, queda en evidencia el rotundo contraste que muestran con la agenda de los comunicadores antiguos:

Cómo vencer la depresión, cómo mejorar la realidad financiera, los eventos propios de la comunidad de creyentes, orientaciones para una mejor vida personal, seguimiento de las estrellas del espectáculo del sector, música para alegrar el alma, consejos y orientaciones para mejorar el cuerpo y la mente, tips para la felicidad familiar, la celebración de la cultura “no de este mundo.”

Urge, nos parece, una mirada más seria a la relevancia de los contenidos de los profetas actuales.

 

Locos, poetas y profetas

“Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo” dijo hace mucho Ambrose Bierce, escritor estadounidense. Diría, siguiendo la línea de su discurso, que el que la describe es poeta y el que la anuncia a los cuatro vientos es profeta. Digamos de pasada que quien analiza la locura de otros y cobra por ello es llamado psiquiatra. Uno de ellos me dijo una vez que todos tenemos un grado de neurosis en la vida y que la expresamos de diversas maneras: en el trabajo, con la comida, en el sexo, en los artefactos virtuales, en el tráfico, en las reuniones familiares, en la iglesia.

Esta inclinación que tengo a manipular ciertos íconos institucionales me provoca a bosquejar aquí algunas líneas respecto de este espinudo asunto. Conocí y fui victimado – sólo por algún tiempo afortunadamente – por aquella noción de que merced a ciertas técnicas misteriosas e invisibles uno podía ser sanado literalmente de todo trauma o mala memoria producida en la infancia, la adolescencia o en alguna parte de la vida. Teorías sobre muros, plomadas, confesiones públicas, exorcismos diversos y mantras versiculares limpiarían para siempre la mente – y aparentemente el cuerpo – de toda atrofia, mancha angustiosa y vergüenza. El tiempo no tardó en mucho en demostrar la impropiedad de tal pretensión. Como sea que haya ocurrido, estamos a este lado de la historia y la “normalidad” desapareció – junto con otras virtudes – hace mucho en la bruma de los tiempos.

Hoy no nos queda más que pilotearla, expresión que se usa en Argentina y que no encuentra desafío en ser la mejor descripción de lo que nos toca hacer con nuestra vida. Si no se toma conciencia de esta natural limitación a la que se está expuesto por el solo hecho de nacer, se agregará una buena cuota de neurosis a la que ya se padece originalmente.

Maestros, gurús, taumaturgos y escribidores ofrecen múltiples y variados recursos para obtener una vida plena y victoriosa. Gracias a ello, psicólogos, psiquiatras y orientadores tienen asegurado su trabajo tratando de aliviar la neurosis de los que habiendo probado todos aquellos recursos continúan sintiendo la insoportable angustia de la vida y la realidad.

Tomar conciencia de ella, aceptarla como realidad y pilotearla. Propuestas de poeta…

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