A todo le encuentras algo malo. Enójate, pero con dulzura. Tu problema es que estás buscando la iglesia perfecta. Lo que pasa, Benjamín, es que estás herido…
Con estas y otras palabras personas queridas tratan de corregir el tono de lo que escribo y lo que hablo. Les preocupa que esta inclinación amarga le quite legitimidad a mis palabras.
Otras personas que también me conocen suelen decirme: Es que para eso estás aquí. Me hace recordar que hace una treintena de años, en una conferencia de líderes cristianos en Costa Rica, un reconocido señor de las lides evangelísticas oró sobre mi cabeza y repitió unas palabras de Ezequiel sobre hablar sea que escuche la gente o deje de escuchar. Un par de décadas después, otro caballero del circuito internacional me dijo algo como: No te van a escuchar porque no tienes nada agradable para decir, pero siempre conocerán que hubo profeta entre ellos.
No aciertan en absoluto si sospechan que quiero legitimarme citando esos episodios. Había muchas sonrisas cuando hablaba del matrimonio o de los desafíos de una juventud cristiana militante en los recintos universitarios. En mis presentaciones y artículos actuales hay muchos más ceños fruncidos e incomodidad en las esferas dirigentes. A veces eso torna algo oscuras algunas jornadas.
Leí en una cita de Carlos Godoy, psicoanalista argentino, que en la Edad Media la tristeza era una preocupación de los monjes porque era concebida como un pecado. Sin embargo, no siempre fue vista como un problema. Dice el autor que durante el romanticismo tenía un valor que se aproximaba mucho a lo creativo. No era bueno estar demasiado alegre. La tristeza tenía una función y representaba un valor. Aunque un poco sombría la reflexión, me interpreta mejor que las palabras proféticas, por más válidas que sean; a nadie le gusta que le anden endilgando reproches en nombre de Así dice el Señor.
No es un grato dilema. Hablar y escribir lo que me sale de una tristeza acumulada a causa de los despropósitos que he visto – y sufrido – en la institución eclesiástica o hablar y escribir todo como resultado de un señalamiento de orden superior.
En el primer caso, queridos amigos me recomendarán friegas urgentes con la serie de sanidad interior (!) “La Plomada Divina”. En el segundo caso, seguiría hablando hasta que de una buena vez me resuelva a exiliarme en Chiloé.

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(Este articulo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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