El alma no tiene sosiego de vivir ni consuelo de sentir. Todos los temblores de la piel y del cuerpo no tienen vocero designado por defecto. Hay tumulto de idas y vueltas, un desparramo de angustias y un borbollón de ansias que no tienen canal oficial. Se hace insufrible hasta el más mínimo respiro.
El cuerpo que se va enemistando día a día de la mente y que retrocede naturalmente hasta su última estación. El dolor de los achaques recurrentes de los cuales uno no tenía memoria antes de los cincuenta años. El ritual de levantarse de a poquito, convocando despacio la estructura de los huesos para coordinar la vertical y esperar que pase el agite de los latidos.
La pregunta recurrente para saberse querido o desechado, para entender si todavía por este rumbo vamos bien o estamos derrapando miserablemente. El círculo de los afectos que se achica y reduce consistentemente los compromisos de la noche y del fin de semana. El frío que se instala entre la piel y el esqueleto. Ensayar el cotidiano oficio de mantener distancia de cualquier desborde del sentimiento y la emoción.
La creciente decepción del sistema social. La ciudad poluta, los ruidos, los policías que te cobran por darte protección, la verdura que vale tres pesos en la chacra y que se vende a treinta en la góndola, los pitutos, los curros, los testaferros, los papeles de Panamá, los asesinos de mujeres, los perros abandonados, los homeless hopeless, la gente que pregunta leseras a los gurús mientras el mundo se desangra en las calles, la pelea por trepar en la escalera del éxito “cristiano”, el camello que no pasa por el ojo de la aguja, la ubicua obscenidad de la violencia, el odio y la mentira.
Los libros que te salvan cada noche con su universo paralelo, con su silencio prudente, con su olor de papel y fantasía. Las películas que te hacen pensar y las otras que anestesian por un rato el rigor de la conciencia. Alguna foto que evoca la esperanza que había en la vida antes y que se enfermó de desconsuelo.
Por último y no por eso menos importante, la discreta bendición del río, el helecho, la reverberación del sol a la tarde, la neblina en la cima de las montañas, la profusión de los árboles, las nubes y el viento, el aire, el agua transparente.

Te interesa:  ¿Será que cada día puedo volver a empezar?

(Este artículo ha sido escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

ARTICULOS RELACIONADOS

Dejar una respuesta