Nos gusta creer que el año nuevo es nuevo. Nos decimos que el 1 de enero es el comienzo de algo en nuestra historia, un nuevo cuaderno donde emborronar nuestras cuitas y aciertos, la oportunidad de rehacer cuestiones que hicimos mal el año pasado, un comienzo fresco.
Es curioso que no hagamos el simple ejercicio de cuestionar esta falacia. Cualquier definición en internet dice que falacia es un razonamiento no válido o incorrecto pero con apariencia de razonamiento correcto. El año nuevo es una falacia. No tiene nada de nuevo, excepto que es otro 1 de enero. Nosotros seguimos siendo los mismos. Nuestra historia es la misma y las consecuencias de nuestras decisiones, agradables o no, siguen ahí sin darse cuenta que tenemos un nuevo almanaque en la puerta de la heladera. Lo de nuevo no es más que una apariencia.
Pero igual decimos cosas como “que en este nuevo año sea mejor, que se cumplan todos tus deseos, que lo pases bien”, aunque podríamos decir lo mismo a nuestros familiares, amigas y amigos el 13 de junio o el 26 de noviembre. En realidad deberíamos no más celebrar el paso de los días y lo podríamos hacer en cualquier fin de semana del año (para no interferir con resacas inoportunas la media semana).
Cuando éramos chicos, después de las doce de la noche del 31 de diciembre, la costumbre en nuestro barrio era ir de casa en casa para dar y recibir abrazos, augurios y aceptar copitas de champaña de tal modo que al terminar el recorrido nos embargaba un delicioso mareo que tenía el encanto de ser ignorado voluntariamente por nuestros rigurosos padres; al fin y al cabo, era la única noche con “chipe libre” en nuestra sufrida adolescencia de hijos de evangélicos.
Después del gran cataclismo de hace una década los años nuevos son otros. Algunos los he pasado voluntariamente solo, mirando alguna buena película o sentado en el patio trasero disfrutando el fresco de la noche en la periferia rural de Santiago. Otros han sido encuentros multitudinarios, contundentes y regados en casa de gente que no conozco, excepto los amigos que me invitaron. Ahora, lejos de mi país, los paso con los amigos de siempre sin más incidentes que alguna copa que quebré al ayudar a lavar los platos y el sentimiento que últimamente me intima a irme a dormir más temprano.
Como se ve, nada nuevo.

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