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Tiempo de lectura: 3 minutos

El pasado lunes llegó a mis oídos la triste noticia de que mi abuela materna murió y no pude estar ahí para despedirme, ni para su funeral, ni para su entierro.

Mi abuela no fue una mujer cualquiera, en mi familia la vemos como una heroína; fue madre soltera de tres niñas a las que sacó adelante haciendo oficios para los demás y vendiendo leche de las vacas que ordeñaba.

Mi abuela dejó la escuela desde muy niña por decisión propia y su mamá, mi bisabuela, como castigo la encargó de todas las labores de la casa.

Años después, mi abuela se arrepentiría de aquella decisión; ella solía decir que si hubiese estudiado hubiese sido empresaria, millonaria y hubiese conquistado el mundo y yo se lo creo.

Hoy en día buscamos con desespero mensajes y personas que nos puedan animar, nos leemos libros motivacionales, pagamos por ir a charlas y conferencias de gente que es considerada influyente y exitosa, los seguimos en las redes sociales y admiramos sus publicaciones con cierta envidia porque nos gustaría estar en sus zapatos. En mi caso, solo necesito pensar en mi abuela y es toda la motivación que necesito.

Sin dinero y sin recursos realmente mi abuela fue una empresaria exitosa. Logró que sus tres hijas recibieran la mejor educación valiendose de sus palabras persuasivas y de su incansable perseverancia y que las tres se casaran con hombres de bien.

Cuando mi abuela se ponía un objetivo entre ceja y ceja no descansaba hasta obtenerlo, era también una mujer de mucha fe.

Mi abuela vivía en casa de mis padres y me cuidó todos los días de mi vida hasta que cumplí 13 años. Nunca me sentí más segura y protegida que en los brazos de mi abuela. Recuerdo de niña ir con ella a mis clases de natación y lo fuerte que apretaba mi muñeca, no la mano, al cruzar la calle para que yo no me escapara. Casi que me cortaba la circulación, era muy fuerte.

Tan fuerte era que a sus 72 años sobrevivió a cáncer de seno como toda una campeona. Sin embargo, ella nunca supo que tuvo esa enfermedad; porque, mi familia se encargó de esconder  las pruebas, diagnósticos, etc y aún cuando pasó por intensas sesiones de quimioterapia, ella no sospechó nada, bueno eso es lo que creemos nosotros.

Ella me demostraba amor de varias maneras; a través de pequeños regalos que compraba con el poco dinero que recibía de su pensión. Cintillos, zarcillos, adornitos sencillos pero ella me los daba con mucho cariño. También lo hacía de una manera menos comprensible y era celandome de todas mis amigas. Ella no soportaba que yo pasara mucho tiempo con amigas fuera de casa o en casa, se ponía celosa y siempre salía con comentarios como: «esa muchachita no es buena influencia para ti, no la invites más». Si me llamaban por teléfono no me pasaba las llamadas y cuando venían a casa las trataba con seriedad. Ahora que lo pienso, me causa tanta risa y ternura.

Hoy pienso que detrás de todo eso había una abuela quizás que deseaba compartir más tiempo con su nieta, que deseaba más atención y cariño y que quería protegerme para no pasar por el camino duro y difícil que vivió ella.

Los años continuaron pasando y aún enferma y con dolores, mi abuela no podía ver una escoba o un paño de limpiar porque se disponía a barrer, pasar coleto (limpiar el piso) y limpiar cualquier superficie. Por más que insistiamos en decirle que no lo hiciera, ella no escuchaba, no hacía caso, siempre hizo lo que quiso.

Yo heredé parte de su rebeldía y carácter, pero no soy ni el uno por ciento de lo decidida y capaz que era mi abuela.

Me gustaría ser más como ella, sin miedo a nada y a nadie. Me acuerdo que en las noches de tormenta como ella dormía profundamente con las cortinas y ventanas abiertas, yo  le tenía pavor a los relámpagos y truenos y corría a meterme a su lado. Al amanecer se levantaba y salía al patio en la oscuridad aún cuando nos advertían los vecinos que había ladrones en la zona a ella eso no le importaba, se armaba con un machete y salía; a veces pienso que si algún ladrón la vio seguro se asustó y siguió su camino.

En este instante muero por sentir ese apretón de muñeca otra vez, de comer sus arepas y de tomar ese bendito jugo de guayaba que me daba en el almuerzo con el vaso rebosandose. Muero con abrazarla y que me llegue su cabeza al mentón, muero por escuchar su voz llamándome «Babi» a todo pulmón.

Que descanses en paz abuela, realmente eres una de las pocas personas que jamás voy a olvidar, ni dejar de amar.

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