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Tiempo de lectura: 2 minutos

Mantener el precario, urgente equilibrio para no desesperar, para llegar a buenos términos con los años. Aprender el oficio de no creer todo lo que se escucha, se lee o se habla. No hacerse tanto la cabeza con el infortunio de las malas decisiones. No molestarse así con la picana del remordimiento.
Las expectativas pueden convertirse en una continua frustración por lo que es necesario reducirlas al máximo. Exagerar en la esperanza, sea en uno mismo o en los demás, puede provocar diversos malestares. Al final los grises se desdibujan y un blanco y negro sin ambages se torna consuetudinario. La gente, para defenderse del deterioro inevitable, rotula como cinismo lo que no es otra cosa que realidad, quizá porque le teme o le parece vulgar.
El mensaje nunca supera el dato duro de la realidad porque apuesta demasiado alto al hecho humano. Las consignas y las frases hechas de las instituciones se disuelven al contacto con el aire. Lo que resta de humanidad cada vez alcanza menos para comprometerse. La decepción diluye el optimismo. Las ganas se van concentrando cada vez más en el pequeño espacio de lo que nos importa aunque mantenemos la etiqueta solidaria.
La costumbre oxida los instrumentos del cambio, inutiliza los recursos de la creación. Los oídos se hacen pesados y las elocuentes verdades devienen aburridas letanías. El verso se repite hasta la náusea y al final no dice más nada. La conversación inteligente se convierte en charla insustancial y lo único que merece es que le den algunos like. El sentido de las cosas se pierde en el griterío de los medios y las redes y todo termina siendo lo mismo. Lo estridente adquiere el estado de importante y lo espectacular se transforma en prioritario. La gente opina de todo y nutre con ello el sospechoso contenido de las encuestas.
Al final la letra no mataba; tan inocente era que se la llevaron por delante los libros resumidos, los textos de autoayuda y los teléfonos “inteligentes”. Fue masacrada por los discursos, mancillada por nuestros dudosos engendros literarios, hecha estereotipo en los mensajes dominicales.
En días como éste se hace evidente lo poco que queda. Enormes ruedas de carreta son servidas para que comulgue la inmensa mayoría, los dirigentes mantienen a salvo sus cuentas corrientes, los indignados juicios al comino son la fachada que protege los camellos de los dirigentes.
Qué va’cer…

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