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La historia de Juan Salvador Gaviota (John Livingston Seagull) de Richard Bach cautivó a mi generación, empinada en los primeros años de universidad. Estábamos mareados de libertad, desprendidos de las sofocantes formas de la religión y de la vetusta sociedad de mediados de siglo. Juan Salvador nos propuso las coordenadas de un lugar único en nuestro tiempo, al cual sólo era posible llegar en alas del viento, más allá de las nubes y muy alto sobre el achatamiento en el que se hallaban nuestras vidas.

Tristemente, no llegué a emprender aquel viaje titánico. Mis gallardos emblemas fueron abatidos por la atroz ofensiva del miedo, aquella formidable maquinaria que los ingenieros institucionales construyeron para retener a su numeroso contingente de operarios.

Desde entonces, todo fue insoportable aguijón de la diferencia, lacerante y continuo recordatorio de la lateralidad.

Juan Salvador que no se conforma con los modestos sobrevuelos sobre la playa para alimentarse de los residuos que dejan los pescadores a la orilla. El deseo insufrible de volar, de beberse de un golpe el cielo y si se ha de morir, hacerlo con la majestuosa dignidad de la alegría, con la sublime conciencia de haberlo elegido y no como simple imposición de los hechos.

La inconformidad congénita, la negación a someter la mente a los dictados de la tradición y la cultura institucional. Esa inclinación a preguntar, a no dejarse manipular, a no comprar pomadas conceptuales, a resistir el discurso fabricado. Ese exilio inevitable, ni obligado ni voluntario porque es la consecuencia de no encajar en nada. Ese no-ser constante, el vacío, la itinerancia que no afloja.

Esa irritación silenciosa frente a los lugares comunes, las frases hechas, las reverencias serviles, el arrogante despliegue de la ignorancia. Esa intolerancia al ruido, la chimuchina, la multitud y a la mascarada social.

Ese anhelo de algo dramático, de una turbulencia redentora, de una catástrofe conceptual, de un derrumbe de modelos, de un nuevo grito, de un renacimiento, ¡de un nuevo aire…!

Ese alto vuelo que todavía navega en la sangre cansada, que todavía alborota las gastadas neuronas, que todavía trae el lejano olor de la batalla.

Perece la tarde. La playa ha quedado silenciosa y vacía. Finalizó el griterío, el trajín del mercado y de la gente del mar. Juan Salvador ensaya sus últimos vuelos hacia la negra profundidad del horizonte…

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