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Detrás de púlpitos y plataformas asoman las desnudeces del hombre. La débil talla de los dioses caídos se yergue y circula simple como el agua de los estanques. Las máscaras yacen abandonadas en un rincón. El feble esqueleto de los tinglados se arrumba entre mesas desvencijadas y sillas rotas. Esa es la otra cara de la imagen. El reverso del lustre, de las reverencias y de los títulos nobiliarios liquidados de a tres por mil en la universidad de los inventos. Es la magnífica parafernalia del poder y la fama que asombra a los incautos y adormece las conciencias con milenaria y sutil diligencia.

Las palabras se repiten. Las consignas desatan la emoción de la muchedumbre ahíta de sensaciones y huérfana de toda reflexión. El lugar común, la frase hecha, el argumento predecible, las arengas vibrantes convencen a los últimos renuentes y mete todo en la batidora de la unidad y el destino manifiesto.

En la orilla de los caminos, lejos de cenáculos y asambleas, los pálidos profetas vagabundos reviven las viejas imprecaciones, advierten a los desprevenidos peregrinos, preparan un camino por el que nadie transitará hasta que caigan los muros y las grandes construcciones sean destruidas, hasta que no quede esperanza alguna y ya sea demasiado tarde para las contriciones y los lamentos.

Taumaturgos, prestidigitadores, saltimbanquis, trovadores, colombinas, arlequines, bufones y tahures todavía tienen su agosto disponible en las santas convocaciones. Virtuosos de la alegoría y la anécdota convierten en imágenes de talla las viejas cuestiones fundamentales o las administran en cápsulas solubles en agua para aliviar un rato el dolor de la evidencia, la bofetada de la realidad que se halla justo a la salida de los inmensos edificios.

El cansancio de los dioses todavía no desborda la redoma de la paciencia. A pesar del hartazgo de entonaciones y palabras, de los gritos de la fiesta, queda en la suprema corte alguna esperanza o algún designio secreto que le da todavía algo de tiempo a la sinrazón. Alguna misericordia que permita ver si al menos emerge un vestigio de cordura, un retorno, aunque tenue, a la fortaleza de la antigüedad.

           “Quién nos diera un albergue de caminantes, una cabaña lejana donde restañar la sangre de la conciencia y que pudiésemos llorar sin reproches inoportunos la caída de los emblemas y la tragedia – que es nuestra tragedia – de las almas perdidas…”

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