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Tiempo de lectura: 2 minutos

El año 2000 fui invitado a escribir un ensayo sobre el poder para un periódico de mi país. Lo encontré mientras revisaba antiguos archivos. Pensé que pese al tiempo transcurrido los conceptos pueden ayudar a la reflexión sobre el tema. Estuve cavilando si adaptarlo o dejarlo tal cual. En el primer caso resultaría más “pasable”. En el segundo caso podría levantar molestias por los conceptos empleados. He resuelto usar esta última opción. Será necesario dividirlo en varias entregas, por lo cual solicito la paciencia de mi amable audiencia.
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Se dice que tres son las tentaciones que seducen a los líderes: el dinero, el sexo y el poder. La Biblia constituye una fuente riquísima de ejemplos. Los señala con meridiana claridad tanto en el precepto como en el ejemplo. De los peligros del dinero y del sexo habla frecuentemente, por ser muy evidentes los frutos de su abuso. De cómo funciona la tentación del poder no siempre oímos por ser más difícil detectar su fascinación.
Releía recientemente la obra capital de Maquiavelo, “El Príncipe”. Su tesis es que la moral y los sagrados títulos de la humanidad deben estar sometidos a la política y al Estado. Plantea el principio de que “el fin justifica los medios”. De estos paradigmas pueden surgir grandes bienes o grandes males.
La Biblia y la historia muestran que quienes detentaron el poder fueron no pocas veces personas que provenían de la pobreza, la marginación y la falta de educación. Varias de ellas cedieron a la tentación de un poder dictarorial absoluto, condición que los historiadores atribuyen a la ignorancia de los sanos principios del buen gobierno o bien a la fascinación de tener un dominio sin contrapeso sobre cientos o miles de personas después de haber sido individuos ignorados o pasados a llevar.
Los líderes que se entregan a la tentación del poder absoluto se legitiman habitualmente en el argumento de “los superiores intereses de la Patria”, “la importancia de que la misión de la empresa se cumpla a toda costa” o “el llamado y la unción de Dios sobre mí”. Hay dos apoyos que dan una enorme fuerza a estos argumentos: nadie, en su cabal juicio, estaría en contra de los intereses de la patria, la misión de la empresa o la unción de Dios: sería un traidor, uno que “atornilla al revés”, un peligro para la obra.
La otra fuerza de apoyo es esta afirmación del líder: él no buscaba ese cargo en manera alguna. La patria, la empresa o Dios los llamaron pese a que él no quería. El debe cumplir con ese llamado superior, a cualquier precio, incluso el de eliminar del camino a quienes amenacen su posición. Cuando este líder es atacado, hace saber a sus seguidores que no es a él que se está atacando: es a la patria, a la empresa, a la obra de Dios.

(Sigue)

(Este artículo ha sido reeditado especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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