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En los líderes ancianos se suele encontrar otra de las señales propias de la tentación del poder. Es interesante observar cómo manejan las cosas para dejar en su puesto a una de dos personas: uno de sus familiares o uno de aquellos que más fielmente sigue su estilo de gobierno. Hay dos cosas que los líderes ancianos hacen para obtener este tipo de sucesión. Por un lado, van colocando a su “delfín” progresivamente en puestos de importancia a fin de legitimar su experiencia cuando llegue el momento del traspaso. Por otro, van introduciendo en sus seguidores la idea de que los intereses de la patria, la misión de la empresa o la obra de Dios deben continuar en la línea que ha seguido hasta hoy, no sea que venga alguien que quiera cambiar las cosas y destruir lo que con tanto sacrificio se ha construido.

Algunas personas perceptivas suelen decir que con este expediente, el líder anciano desea asegurar las inversiones que ha realizado durante su prolongado magisterio y comprometer, de paso, el silencio de su grupo leal respecto de cualquier situación “impropia” que en el futuro se quisiera investigar acerca de su vida y de su conducta. Pero eso es jurisdicción de otras instancias y no de este modesto análisis pasajero.

Es interesante la persistencia que tienen los ejecutivos, gobernantes y líderes para permanecer en el poder. George Orwell, en su novela futurista “1984”, afirma que lo más difícil acerca del poder es abandonarlo. En los gobiernos democráticos, las empresas que condicionan el poder ejecutivo a los resultados financieros y las instituciones religiosas con algún grado de decisión congregacional, esta dificultad se ve apropiadamente limitada. Sin embargo en las dictaduras, en ciertas empresas familiares y en algunas instituciones religiosas se observa la perseverancia de los “vitalicios”.

Basado en los argumentos que expusimos en el primer artículo (los supremos intereses de la nación, la misión de la empresa o el llamado irrevocable de Dios), el líder vitalicio establece una continuidad que no sólo resiste el tiempo; desgasta también el entusiasmo y la originalidad en la gestión institucional. En estos contextos, la crítica y la discrepancia se rotulan como traición o deslealtad y siempre son eficiente y efectivamente neutralizadas por el sistema.

Otro hecho suele agravar los efectos de la administración indebida del poder y que es muy común en nuestros países: el de las limitaciones intelectuales y educacionales de que suelen adolecer los ejecutivos omnipotentes. No se pretende un juicio de valor respecto de las personas menos educadas. Se impone un análisis crítico cuando, como consecuencia de esas falencias, se ejerce una imposición de la ignorancia, de la improvisación y de la superficialidad.

(Sigue)

(Este artículo ha sido especialmente reeditado para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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