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Tiempo de lectura: 2 minutos

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

(Mateo 11:28)

Hubo un tiempo en que anotaba en un cuaderno todos los vuelos que abordaba durante mi trabajo en la misión internacional. No recuerdo cuándo dejé de hacerlo; debo haber perdido la cuenta o entendido que no tenía mucho objeto tal recolección de datos. Tenía unos doce años cuando abordé mi primer viaje solo en un tren con locomotora a carbón y desde entonces no paré.

He estado en muchos lugares y he hecho muchas cosas. Hay algunas cuya mención no es relevante o no aporta nada al objeto de este espacio. De algunas de ellas prefiero no acordarme. Pero muchas otras dan cuenta de incontables horas de gestión, de trasnoches, de organización, de enseñanza, de aprendizaje académico, de lectura, en fin.

Se suele aplicar el verso del epígrafe a la actividad evangelística, para atraer al redil a personas con la vida complicada. A mí me parece más bien un reparo, un refugio para quienes han exigido de más su mente y su cuerpo a causa de los trajines del “ministerio”. Se trata de un cansancio no relacionado con la capacidad física – aunque tiene que ver. Es más bien el agotamiento de ver que las cosas no cambian para mejor. O de entender que el discurso es más bonito que la realidad. O de constatar vez tras vez que en todas partes se cuecen habas y que la calavera definitivamente es ñata. Nada nuevo bajo el sol.

La magia, el encanto, la seducción del mensaje se diluyen en el caldero de la decepción. Somos confrontados con el desencuentro entre lo que decimos y lo que hacemos. La vitalidad de las imágenes y de las esperanzas mueren en el páramo de la decepción. Nos vamos agotando de aquello que siempre es lo mismo, de la liturgia estéril, de la superficialidad de los lugares comunes. Hostiga el discurso empalagoso de la vida abundante.

Sin duda lo que desgasta más es que ni siquiera en los tiempos de descanso – una corta vacación, un fin de semana largo, un retiro – se recupera uno de esa moledura del alma. No se apaga el ruido de los pensamientos ni el latiguillo de la conciencia. No viene en nuestro rescate el sueño reparador. Necesitamos un descanso que venga de otra parte. De Aquel que promete hacernos descansar de un modo que ninguna terapia puede otorgar.

Invocamos ardientemente ese descanso.

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