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Tiempo de lectura: 2 minutos

¿Por qué aquel “delirio de libertad” del artículo anterior? Porque si se lee con atención efectivamente es un delirio. Éste es definido como una perturbación mental causada por una enfermedad o una fuerte pasión. Diría, en este caso, que es debido a lo segundo: una fuerte pasión por la libertad de la conciencia y de la mente. Ocurre que toda la arquitectura del edificio institucional se sostiene en la disposición de sus miembros a aceptar como artículo de fe la dependencia del conocimiento impartido; la observación objetiva es que tal disposición es inducida, no adquirida voluntaria y conscientemente.

Es un delirio aspirar a que, en el soberano ejercicio de la libertad que proporciona el conocimiento de la verdad, la gente adquiera la práctica saludable y comprometida del pensamiento crítico. Toda la evidencia observada muestra lo contrario: mientras más conocimiento es introducido en la mente y en el alma de las personas, más dependientes se hacen del contenido aprendido y de quienes lo imparten.

Valga la aclaración – innecesaria para la mirada perceptiva – que esto no es una provocación. Ni lejanamente se pretende que el efecto de estas palabras sea promover una rebelión irresponsable contra el correcto entendimiento y operación de la autoridad. Es nada más la constatación de un hecho que debería concitar el interés y la preocupación de todo creyente bien pensante a fin de que busque diligentemente los espacios donde su mente no sea sometida a un dominio conceptual e institucional. El fin de la transmisión del conocimiento de la verdad es la conquista de la libertad; dotar a los individuos de una creciente conciencia de su singularidad, de su posición de dignidad como sujeto humano, de su obligación de discernir y actuar en sintonía con lo que su conciencia, más alumbrada, le avise como guía de conducta individual y colectiva.

Creo que ya un par de veces he citado en este espacio aquella sentencia de un antiguo jefe mío que sostuvo que “no es bueno que la gente piense mucho”. La gente que piensa hace preguntas, cuestiona, ofrece crítica, se interesa en lo implícito más que en lo evidente. Esto perturba la tranquilidad del sistema que se sostiene en la colaboración irrestricta y la obediencia instantánea del grupo. Por lo mismo, se ha premunido de diversos procedimientos y consignas que aseguren su continuidad.

¿No les parece todo esto un flagrante delirio…?

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