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Tiempo de lectura: 2 minutos

Cuando terminé de hablar, estaba exhausto. Había comprometido en esos sesenta minutos algo más que contenidos. Había jugado de nuevo las cartas marcadas en una apuesta atrevida y extrema. Había descifrado por enésima vez y por sólo unos instantes, los arcanos del tesoro escondido. Siempre con esa indefinible sensación de estar frustrando el intento de una cultura diferente.
Una cultura que incluya, que acepte, que reconozca al otro, por más distinto que sea. Una cultura que no sectorice más los territorios del mundo y los divida en buenos y malos, en amigos y enemigos. Una cultura que descubra, que sueñe, que pregunte, que imagine, que aprenda en otras aulas y que escuche distintas voces que vienen desde otras plataformas.
Una comunidad de artesanos de la palabra y de la imagen que vistan de nuevos ropajes las verdades viejas y que también salgan a probarse los trajes de otras verdades. Una fraternidad de hablantes y dibujantes de diálogos con los paisanos del universo de al lado. Una cofradía de exploradores que a punta de protesta y osadía abran senderos nuevos hacia las generaciones olvidadas.
Quería convocar de nuevo a la fantasía y la imaginación. Quería provocar a los funcionarios y preceptores a que pintaran de colores las grises oficinas del sistema. Quería que saltaran los cerrojos de la costumbre y que pasaran cosas nuevas. Quería que las cortinas de la institución se descorrieran y si era posible fueran quitadas para siempre para que entre una luz distinta y reconfortante. Quería que recordáramos cómo era que se soñaba y cómo era que se jugaba y cómo era que se abrazaba a los extraños.
Quería que descubriéramos que no éramos un pequeño pueblo muy feliz sino un país inventado por antiguos reyes tutelares cuyos inmensos monumentos todavía arrojan su sombra en los patios y plazas de nuestra vida. Quería que tomáramos por asalto las solemnes academias y dictáramos cátedras nuevas y asombrosas bajo los frondosos árboles del jardín. Quería que abriéramos las fronteras y convirtiéramos las aduanas en casas de reposo para los caminantes que entran y que salen. Quería que el único pasaporte para circular en el mundo fuera el corazón abierto y la mente dispuesta.
Pero, qué va a hacer… Hay cosas para las cuales todavía no hay cobertura de prensa, congresos internacionales, ni comprensión…

(Este artículo fue escrito especialmente para CVCLAVOZ)

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