Crisis de Coronavirus

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Quisiera ensayar hoy unas divagaciones sobre la imagen cuando se refiere a la divinidad. Es una mirada en general, así que advierto a los puristas hipersensibles que no rasguen vestiduras creyendo que es un ataque a sus sagradas figuras espirituales.

Todo intento por definir o caracterizar a una divinidad termina siempre, según veo, en una forma de idolatría. No hay manera de pensar en cualquier dios sino imaginándolo, esto es, formando una imagen. Imagen que será venerada con palabras o acciones. Imagen cuyos adoradores menosprecian o se disgustan con los que creen en otros dioses – o incluso con aquellos que tienen una idea distinta del mismo dios. Imagen que se considera intocable y única.

Desde antiguo las personas se han empeñado en encapsular en atributos y conceptos la imagen de un dios que, en realidad, no podría estar sujeto a una forma ni constreñido en manera alguna a las formulaciones de la mente humana. Todo intento que haga alguien por establecer la identidad de un dios, sea a partir de una idea propia o de un texto escrito, necesariamente está influido por el entorno en que se encuentra: la cultura, la política, la economía, los movimientos sociales, en fin. Su reflexión está determinada además – y en muchos aspectos – por su propia historia familiar, educacional, afectiva, psicológica.

Conscientes de la considerable fuerza con la que los hechos suelen confrontar sus afirmaciones, quienes nos han legado sus ideas acerca de cómo es su dios reclaman haber tenido un tipo de inspiración sobrenatural que está más allá de la razón y del discernimiento, una revelación. Este argumento parece imbatible porque no sería posible resistirlo racionalmente. Aquellos que no la han tenido están obligados a aceptarla. El tema es que la certeza y la convicción de aquella supuesta experiencia sólo es posible para el que la vivió. El resto sólo puede creer que existió… o no.

Como sea, lo que prevalece es la imagen. El hecho – es decir, el dios mismo – es imposible de objetivar. Porque en el momento que fuera posible objetivarlo o materializarlo tendríamos que admitir que ya no es un dios. Y mucha gente no puede vivir con el misterio. Les acomoda bien y mejor la tranquilidad que les proporciona la imagen.

Para otros, queda el misterio, la pregunta, la búsqueda interminable, la a veces insoportable dolencia de no saber.

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