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Mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro es una frase que grafica la decepción que se acumula respecto de la raza humana – en la que hay que incluirse si se va a ser honesto.
La mayoría de quienes han explorado el origen de esta afirmación la atribuyen a Lord Byron, escritor inglés que la registró en uno de sus poemas. Sin embargo se dice que el primero que la pronunció fue Diógenes de Sinope, filósofo griego de la llamada escuela cínica. La ironía es que, de acuerdo a la crónica, ninguno de los dos tuvo un perro. Byron solía decir que salía solamente para reafirmar su deseo de estar solo.
Respecto de nosotros, en tanto humanos, la verdad es que sólo queda decir “buena suerte”. Hay tantas evidencias de lo pobre de nuestro juicio y discernimiento, lo frágil de nuestras lealtades, la facilidad con que nos seduce la maldad – sólo por nombrar algo -, que definitivamente es cuestión de suerte hallar lo bueno entre nosotros.
Las instituciones religiosas reclaman ser los espacios en donde la condición humana se redime gracias a algún salvador o a un texto sagrado. Pero al indagar más profundamente en la vida cotidiana de la comunidad queda claro que replica las mismas falencias que se hallan en otros espacios sociales. La frustración aquí es más aguda porque a diferencia de la entidad religiosa otras agrupaciones sociales no reclaman salvar o santificar a sus miembros.
Algunos amigos solían decirme hace años que mi problema es que andaba buscando la iglesia “perfecta”. Mi respuesta era y sigue siendo que no creo en la perfección de nada ni de nadie, así que difícilmente podría estar buscando tal cosa. Lo que sí me ha molestado siempre es que la gente proclame que en el seno de su comunidad hay vida abundante, rectitud, amor, comunidad, fraternidad, solidaridad, servicio, cuando en realidad no es así. Pienso que más valdría no andar proclamando tantas cosas y procurar con más diligencia mejorar un poco la vida – la propia y la de los demás – en lo posible.
No tengo un perro porque no podría ni querría ocuparme de él y salgo diariamente para asegurarme que el deseo de permanecer solo no es una cosa tan mala a fin de cuentas. Lo que sí tengo son dos pequeños cactus que hay que regar con un poco de agua cada quince días.

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