Crisis de Coronavirus

Por tratarse de un tema de salud pública y de alto interés informativo, como servicio a los usuarios, CVCLAVOZ ha decidido habilitar este espacio con toda la información más relevante en cuanto a la pandemia del coronavirus.

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El hombre vino del norte: tez clara, ojos azules. A la vista de los diligentes aprendices aparecía como un héroe contemporáneo. Había peleado las grandes batallas del conocimiento y de la misión universal de los creyentes en los territorios recién abiertos de Europa Central debido a la perestroika de Gorbachov.
Fuimos convocados al amplio salón para escuchar las recientes hazañas realizadas por el hombre en un país de aquella región, abierta casi sin condiciones a la gesta occidental y los ambiciosos proyectos del capital. Entre sus magníficos logros se contaba el ser parte de una comisión gubernamental de alto nivel para crear una nueva constitución para la nación.
No recuerdo todos los detalles de la historia pero no puedo olvidar que en diversos pasajes de su alocución hizo despreciativos comentarios acerca del “carácter moral” de los habitantes del país. No quiero detallar aquellas descripciones aquí. La imagen que se plasmó en mi mente fue la de un ser que se ve a sí mismo como un iluminado que desciende a bárbaros y oscuros territorios a traer luz y conocimiento a los naturales de la región.
Después del almuerzo pedí a los coordinadores del programa de estudios que me dejaran hablar con él. Me sentía furioso en realidad pero estaba haciendo todo el esfuerzo posible para poder hablar comedidamente. El hombre estaba sentado en un enorme sillón leyendo correspondencia. Me senté frente a él y le expuse mi enorme desagrado por la forma en que se había referido a los nativos. No ahorré palabras ni sentimientos al referirle cómo en otras ocasiones había percibido esta especie de superioridad moral con que se plantaban frente a la gente de los países que ellos bautizaron como “tercer mundo”.
Guardó un estudiado silencio. Me miró con los ojos entrecerrados y me preguntó con aquella característica condescendencia: “Tú eres algo así como… un artista, ¿verdad?” Me quedé atónito. Después de unos segundos, recuerdo haber pronunciado alguna fórmula más o menos educada y salí apresuradamente del cuarto.
Qué triste conclusión: el valor único de todos los seres humanos, la sensibilidad hacia otras formas de ver el mundo, el reconocimiento de un universo amplio y sorprendentemente diverso, la conciencia de que las personas no son meros números ni fríos objetos de importantes proyectos mundiales, todo eso no es más que la poco práctica sensibilidad de los artistas, inútil para el logro de los grandes objetivos de la misión…

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