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Recuerdos dispersos sobre los cuales le pregunto a mi mamá; pero su mente ya está muy frágil y sus memorias se mezclan con otras más recientes. Es que quiero encontrar un sitio real para los registros que pueblan mi mente, desordenados. Quiero situarme un poco. Entender un poco más de dónde vengo, dónde estoy en la historia de esta familia.

Hace unos días fui visitado por unas imágenes del viaje de estudios a un puerto del norte. Veo el minúsculo tren que remonta la aridez incipiente del desierto y trepa luego por unas colinas pardas cerca del mar. Veo la mochila militar y la frazada cosida a mano por mi mamá a guisa de bolsa de dormir, lujo imposible para nuestra pobreza fundamental. Estamos en la playa una tarde y de pronto Carlos Varela, nuestro compañero cocinero grita, “¡Los huevos!” Ha recordado repentinamente que antes de salir dejó decenas de huevos cociéndose en una olla gigantesca para la cena de la noche y se ha olvidado de apagar.

¿Qué haremos con tantos recuerdos? ¿Servirán de algo después de morir? ¿Cómo es posible que esos universos que hemos creado al azar, con la pasión, con la voluntad y que han dado forma a nuestra existencia no sirvan para más nada después del último aliento, que queden apenas como un raro sinsentido para una posteridad indiferente? Encuentros formidables, accidentes escolares, tragedias familiares, peleas monumentales, aprendizajes diversos, alegrías abismantes. Tanta vida, tanta luz, tanta sombra. Amores desesperados, rupturas imborrables, llantos silenciosos en la almohada.

Me cansan esas personas que quieren explicarme mi vida con un arsenal de pasajes aprendidos de memoria, con letanías de lugares comunes, con frases hechas. No tolero esa obsesión que tienen por uniformar la diversidad de las criaturas humanas, el singular significado de la individualidad. Como si fuera posible empaquetar mundos con papeles condescendientes y precintos de sabiduría de ocasión. Como si fuera mi vida lo mismo que la tuya, merced a generalizaciones totalizantes. Como si tu historia, la de ella y la de aquel no fueran creaciones únicas, conciertos irrepetibles, sellos abiertos que descifran rutas y vivencias particulares.

¡Oh, si hubiera más imaginación, más magia, más asombro! ¡Oh, si no hubiera tantos números, tantos discursos analgésicos, tanta panacea en cápsulas dominicales! ¡Oh, si hubiera más arte, más color! ¡Oh, si nuestra boca volviera a llenarse de la risa auténtica de la niñez…!

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