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“Permisivo” proviene de permiso y tiene su origen en la voz latina permissum (per: por completo; missum: enviado). Sugiere la idea de consentir completamente, de otorgar licencia plena para hacer algo. Si se mira bien, el permiso debe ser otorgado por alguien que detenta autoridad y que tiene la facultad tanto de permitir como de prohibir. Alguien sin ninguna autoridad no puede dar permiso simplemente porque nadie le llevaría el apunte.
Por su parte “tolerar” proviene de tolerare, que hace referencia a soportar. En el lenguaje actual se refiere al respeto por los pensamientos y las acciones de otros. Esta aplicación del concepto es más adecuada que soportar porque ésta acepción sugiere que hay que aguantar algo que no se respeta y se considera indeseable.
¿A qué vienen estas disquisiciones semánticas? Se inspiran en un comentario de alguien que me hace saber que no tolera a los cristianos permisivos. La experiencia me indica que muchas personas que interactúan con estos medios de comunicación generalmente usan un lenguaje regulado por la institución a la que pertenecen; otras veces reflejan una notable falta de comprensión de los contenidos a los que hacen referencia y nada más reaccionan a ciertas expresiones que colisionan con las ideas cliché que constituyen su imaginario cultural.
Considero justo, como siempre, otorgar el beneficio de la duda porque no siempre las personas están haciendo, en conciencia, un juicio serio y profundo de valor sino están reaccionando a ciertos estímulos superficiales. Pero si están, efectivamente, analizando el fondo y no sólo la forma de los contenidos, uno siempre se queda esperando razones de peso; lo visceral puede ser muy movilizador y potente, pero no tiene el sustento del precepto y la experiencia.
Así que al arrojar un poco de luz sobre la expresión vertida por el preocupado lector, veríamos algunas cosas más que interesantes. No tolero, por ejemplo, implica que no me da permiso para expresar mis ideas. Pero ese permiso me ha sido otorgado por un director general y él es la única persona que podría quitármelo. Hay algo más inquietante aún: no es sólo que no soporta; implica además que no respeta el pensamiento del otro.
Este tipo de comentarios nos remite a la lógica del francotirador: no hay la posibilidad de una confrontación real, sólo se recibe el proyectil. El diálogo, la argumentación, el entendimiento son, a la postre, imposibles.

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