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Tiempo de lectura: 2 minutos

Se sienta cerca de la ventana y permanece atenta a los ruidos de la calle. Un vehículo que pasa, una vecina que seguramente conoce, el viento entre los manzanos al otro lado de la calle que percibe apenas porque ya ha perdido gran parte de su visión. Sus ojos han mirado la vida por noventa y un años y está cansada.
Suele decir que quiere que el Señor se la lleve pronto pero hay que ver cómo se aferra a la vida. Presiento que quiere ver algunos sueños cumplidos antes de morir. A esos hijos pendientes, obstinados, alejados de los antiguos rituales del templo quisiera verlos amparados de nuevo en la fe que defiende como fiera herida. Un poco la alivia la hija mayor que vive con ella y la acompaña en los últimos tramos de su tenaz travesía con Dios.
La tarde refresca por fin. Se ha sentado en una sillita en el patio. Qué piensa me pregunto. Qué estará recordando. Tiene la memoria inmensa, de tanto venir andando. Veo que no hay dolor que no conozca, no hay emoción que no haya sentido, no hay bandera de victoria o pañuelo de rendición que no haya flameado en sus campos de batalla.
A veces parece una niña inexperta, desvalida. Otras, grave y silenciosa, con manos temblorosas, lee las noticias del diario con los ojos a tres centímetros del papel. Me pregunta por enésima vez si ya tomé la once, esa merienda de la tarde que todavía guardamos en nuestros más infantiles recuerdos. Se para, cuelga una toalla en el patio, quiere ayudar a poner la mesa o lavar los platos; se frustra porque la ha abandonado esa agilidad con la que sirvió como doméstica desde niña, crió siete chiquillos y manejó una casa siempre escasa de dinero con un marido que le dio bastante que hacer por casi sesenta años.
Idamia madre. Incansable guardiana y censora de nuestros desvaríos de ayer, ahora sólo nos quiere abrazar, que la vengamos a ver, que le contemos de esos asuntos que nos ocupan hoy. Esta tarde me senté a su lado y le extendí mi mano. La mantuvo por largo rato entre las suyas mientras le contaba algún episodio de viajes y mudanzas. Como siempre, me pregunta si estoy comiendo bien, si todavía estoy solo, si fui al médico. Como siempre, para esquivar las respuestas le digo: “Mire, tenemos las mismas manchas en el dorso de las manos…”
(Este artículo fue escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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