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Tiempo de lectura: 2 minutos

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

(San Agustín, Confesiones)

El presente no es más que un intersticio, una rajadura tenue entre el segundo que pasó y el que viene. Una aparición, un mínimo haz de luz o un latigazo de sombra.

¿Qué importancia tendría esta divagación en semejante sitio web con tan altos pensamientos espirituales? A ver si puedo precisarlo.

Nunca vivimos, creo, el “presente”. Sólo está el instante. Inasible. Me dicen que Yo soy el que soy puede significar Yo seré el que seré – o ambas cosas. No sabemos porque el tiempo es una categoría inventada para situarnos.

Sugiero a veces a mis amigos a quienes acompaño a leer la Biblia que Dios vive el día a día con nosotros. Podría ser de otro modo. A lo mejor es de otro modo pero se me hace que lo ha preferido así: acompañarnos en la asombrosa expectativa, en el misterio del qué será.

(A estas alturas de mi vida me importa bien poco – nada en realidad – que me retruquen los entendidos. Ellos necesitan la certeza de sus convicciones y sus edictos magistrales. A veces me parece que han perdido la inocencia del descubrimiento. Bailan siempre en la misma baldosa.

Yo, al contrario, me aventuro en el vértigo de lo que no sé. Como debo haber dicho aquí antes, bailo en la oscuridad).

Se suele decir que el tiempo perdido no se recupera. Esto suena tan griego, tan occidental. Supone que la vida es una línea recta, una ruta sin retorno.

Propongo que el tiempo no es más que las realidades de la vida. Hacemos esto o lo otro. Podemos no hacerlo nunca. Podemos volver a hacerlo. Podemos recordar. Podemos olvidar. Podemos evocar.

Podemos odiar si queremos, pero podemos perdonar. Recuperar una relación o perderla para siempre. Intentar nuevos encuentros.

Podemos ser lo que soñamos antes. O decidir que no queremos ser lo que soñábamos porque descubrimos que nos interesa ser otra cosa.

Me voy dando cuenta que es más interesante pensar en lo que seré en vez de diluirme en la nostalgia de lo que fue o no fue. (Tal vez eso sea un buen ejercicio contra el Alzheimer o la demencia senil).

Me propondré entonces la construcción de recuerdos del futuro. ¡Tan intensamente que terminaré teniendo nostalgia de lo que seré!

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