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Estoy por concluir los Cuentos de John Cheever, un volumen de casi ochocientas páginas que explora los estereotipos de la cultura de la clase media de los Estados Unidos de la posguerra y hasta entrados los sesenta y revela además las grandezas y miserias de una cultura opulenta que no se alcanza a redimir a sí misma.

Hace unos días me compré el Ulises de James Joyce, otro mamotreto de novecientas páginas, uno de los libros – dicen – más difíciles de leer. Cuando estaba en la universidad uno de mis amigos que estudiaba filosofía lo estaba leyendo y no podía creer que todas esas páginas describían un solo día en la vida de Leopold Bloom.

Y acabo de terminar Chicas bailarinas de Margaret Atwood. Conocí a esta autora canadiense por Los cuentos de la criada, libro que leí por recomendación de un artículo de crítica literaria. Son historias de mujeres en diversos momentos y circunstancias de la vida. Reflejan la soledad, la sensibilidad herida, la mirada crítica al mundo del hombre al que resiente por su penosa condición de referente incompleto.

¿Para qué seguir leyendo tanto libro? ¿De qué sirve todo eso en un mundo que lee cada vez menos y que vive sumergido en la seducción de la audiovisualidad y la obsesión de la red social, esa falsa comunidad como la llama Jeffrey de León?

Para mí hay muchas razones. El libro acompaña en silencio. Está disponible en cualquier momento. No hay que recargarle las baterías y no se hace obsoleto cada dos años. Educa, informa, entretiene. Amplía el universo de la mente y de las palabras. Ahonda en la naturaleza humana y explora lo intrincado de los sentimientos, las mezquindades y las noblezas de la raza.

Notifica a la conciencia de que no todo tiene que ver con la salvación y la vida eterna. Que hay más asuntos en los cuales hay que ocuparse. Confronta nuestra visión del mundo y de la vida y la expone a sus más severos críticos – a ver si somos capaces de explicar qué es lo que no creemos y por qué no lo creemos – materia en la que la mayoría de la gente está reprobada.

Pero sobre todo el libro es fiel. Lo puede uno leer tres veces y siempre enseña, consuela, conmueve, sirve. Y todo, ya dije, en silencio. Todo eso, aparte de la Biblia, de la cual ya he mencionado su importancia y valor en mi vida.

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