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“El gran relato de que íbamos rumbo a un mundo cada vez más integrado, con bloques regionales sólidos, donde los estados nacionales irían desapareciendo y serían reemplazados por ciudades regionales fue el discurso dominante a fines de los ’90 y persistente a inicios del siglo. Se fue apagando en los últimos años. Desde ahora, es un discurso directamente absurdo, sin sentido, desconectado por completo de los sucesos políticos. El mundo en el que ese relato era audible ha dejado de existir” (Alejandro Grimson, antropólogo).
Nunca he creído tener una claridad profética que me permita otear el futuro con certeza meridiana. Me han invadido – a lo más – algunas intuiciones que adquieren una fuerza inusual cuando hay que exponerlas en ciertos círculos de trabajo dominados por el rigor racional occidental, terreno en donde la emoción y la intuición son consideradas bastante irrelevantes a la hora de tomar decisiones. Así que no me va bien en las discusiones. Me hace acordar de aquella simpática decana alemana que dijo en una reunión académica: “Vamos a discutir este asunto cuando a Benjamín Parra se le pase el conflicto existencial que padece”.
Algo así me ocurrió con el tema de la globalización. Se anunciaba y celebraba ardientemente en los niveles ejecutivos de la organización internacional en la que yo trabajaba entonces y era considerada la herramienta de Dios para la definitiva evangelización del mundo. Se diseñaban planes para allegarse victoriosamente al emblemático año 2000 y era incorporada en el currículo de la universidad en la que yo intentaba completar un Master en Estudios Internacionales. Esto era a comienzos de los noventa.
No hay espacio para describir aquí el conflicto que se desató cuando sugerí que la globalización no era más que la delirante aspiración de la mundialización de la idea americana (léase estadounidense); a la gente, me parecía a mí, no le seduce la idea de un orden universal comandado por Hollywood, Wall Street y Washington. La conclusión final del conflicto desatado por mi postura intransigente fue que yo estaba muy herido y necesitaba sanidad interior cultural.
Las palabras de Grimson no son un grito en el desierto. Es el sentimiento y realidad de millones de seres humanos. La globalización está efectivamente ocurriendo en el terreno tecnológico y comunicacional. Nunca sucedió ni sucederá en el campo económico, político y cultural. En esos ámbitos no ha sido más que un relato optimista.

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