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Los títulos de las películas nos llegan siempre distintos del original. “El Silencio de los Inocentes” era en realidad “El Silencio de los Corderos”. Cuando leí la novela entendí mejor el título. Lo que pasó en la casa de campo donde fue llevada Clarice Starling cuando era niña fue que una mañana escuchó el balido de unos corderos que estaban siendo sacrificados en un granero; en un momento de desesperación quiso salvar a uno de ellos. Lo tomó en brazos y trató de huir pero era muy pesado, así que fue alcanzada finalmente por su tío. Lo que quedó en su mente era ese balido doliente de los animales a la hora de morir y lo único que anhelaba era el silencio. No oír más ese lamento terrible. Anhelaba el silencio de los corderos.
El sacrificio de los corderos me remite siempre a la imagen que los cristianos tienen de estas adorables criaturas. Merced a ciertos pasajes estratégicos del texto, se exalta su carácter manso y confiado como un ejemplo de lo que debería ser nuestra conducta. Sin duda la imagen es muy noble y estimulante. Pero andando los años y habiendo visto tanto dentro de las instituciones cristianas llego a la dolorosa conclusión que a veces quisiera también experimentar ese silencio.
Es decir, quisiera no oír el lamento de muchos corderos que son sacrificados en los rediles en nombre de la obra, la misión, la humildad, la simplicidad cristiana, la lealtad, el compromiso financiero, el servicio, la obediencia, el respeto irrestricto a los ungidos, por nombrar sólo algunas causas. Causas que son invocadas por los conductores de los corderos para justificar sus emprendimientos institucionales o su enriquecimiento económico; para consolidar sus posiciones y su prestigio sobre la base de la obediencia inmediata y completa de los corderos; para explicar la tragedia entre telones que se vive con las luchas de poder, las traiciones, los celos y envidias del sistema, las divisiones, el abandono de la solidaridad hacia los más indefensos del redil, en fin.
No es que me sorprenda que, como en cualquier institución donde se reúne gente en torno a cierto ideal o consigna, haya evidencias de la precariedad de la condición humana. No hay agrupación perfecta alguna. Lo que le angustia a uno es que por causa de ciertos «más altos intereses e ideales» se escuche aún el lamento arrinconado de los corderos.

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