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“Que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…

(Joan Manuel Serrat, Esos locos bajitos)

No los recuerdo todos, pero estos eran los NO de mi infancia y adolescencia:

No escuchar radio (en mi infancia no había television), no oir música mundana, no ir a fiestas, no bailar, no ir a eventos escolares ni públicos, no ir al cine, no entrar a restaurantes, no fumar, no tomar alcohol, no leer el periódico el día domingo, no leer revistas de comics o románticas, no ir a la iglesia con camisa de color ni pantalones cortos, no socializar con impíos (léase mundanos, gentiles, filisteos), no entrar en templos católicos, no dormirse sin orar, no salir de casa sin orar y leer un salmo, no masticar chicle, no estar en la cama con las manos debajo de la cobija, no tener el pelo largo ni usar “patillas”.

La mayoría de estas prohibiciones tenían que ver con que mis padres eran evangélicos pentecostales. Había otras restricciones más hogareñas: no jugar al pimpón con los hijos del vecino Berendsen, no jugar a la pelota en el patio, no hacer ruido a la siesta, no hablar en la mesa cuando había visitas, especialmente si eran pastores, no preguntar por qué (“usted obedezca, no más”).

¿Cómo sobrevive uno a semejante batería de preceptos la mayoría de los cuales, si no todos, son tradiciones humanas, inventos ceremoniales y costumbres transmitidas por los señores del magisterio de hace más de sesenta años? ¿Como quitarse del alma los miedos, las secuelas de aquel continuo disculparse por todo, no poder decir “no” cuando uno quiere decir “no”, esa excesiva consideración: por favor, gracias, disculpe usted, perdón, no quise decir eso, no te enojes?

Qué indecible sufrimiento para el temperamento sensible que ha creído, que ha aceptado, que se ha sometido dócilmente cuando todo clama liberación y ruptura con un pasado semejante en un tiempo que es ya demasiado tarde, cuando ya se es demasiado viejo para romper el molde forjado a repetición y miedo.

Los artistas saben decirlo mejor:

Cada uno aferrado a sus dioses, producto de toda una historia. Los modelan y los destruyen y según eso ordenan sus vidas. En la frente les ponen monedas y en sus largas manos les cuelgan candados, letreros y rejas.

(Los momentos, Eduardo Gatti y Los Blops).

(Fotografía: Tardecita, ilustración digital, Ivan Pierotti)

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