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Era la tarde, cuando el sol caía…

Era la hora de la retirada discreta. La hora en que uno se da cuenta que es el término de esa querida alegría. Todos los instantes maravillosos tienen un final anunciado porque nadie que entiende cómo es la vida cree que eso tan lindo durará para siempre.

Era la hora de la reflexión. Cuando el día declina es imperativo y a la vez inevitable pensar en lo que no fue y por qué. En lo que pudo ser. En lo que será. En lo que fue no es necesario porque ya ocurrió y su huella es indeleble.

Era la tarde, cuando el sol caía…

Era la hora del descanso. Todos los cuerpos tienen un límite, una frontera que no conviene perforar a menos que uno busque – inconsciente o no – un final apresurado. El barullo de la existencia a veces es tan banal, tan insoslayablemente inútil que profundiza el cansancio. Aunque a veces uno termina el día con una sensación grata, un sentido de plenitud por las cosas alcanzadas. Pero, admitámoslo, eso es lo menos frecuente.

Era la hora en que se busca la noche como amparo, como alejamiento, como refugio contra la evidencia de las cosas cotidianas. Un espacio donde un poco de soñar, un poco de dormir, un poco de vagar por las calles vacías sirva para mitigar el enorme peso de la realidad.

Era la tarde, cuando el sol caía…

Era el atardecer del fin del mundo. El cielo era una sábana rosada que se hacía liquida en la superficie del lago y todo fue quietud y silencio por una hora interminable.

Ya había pasado mucho tiempo. Era la hora de hacer las cosas bien. Dejar de decir que sí cuando se quiere decir que no. Dejar de culparse por las cosas que no se hicieron bien. Dejar de culpar a otros por las cosas que nos hicieron y que dolieron tanto. Dejar de verse a uno tan mal; al fin y al cabo es lo que hay y habría que comenzar a disfrutarlo un poco, qué tanta autocrítica, ¿no les parece?

Hay tardes luminosas. El sol reverbera entre los álamos y millares de insectos brillan y danzan a ras de suelo.

Hay tardes oscuras. El viento deshoja árboles y esperanzas. Es imposible pensar en cálidas salas con chimeneas encendidas y personas agradables.

Era la tarde, cuando el sol caía…

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