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“No tienes que darle explicaciones a nadie” le dice mi amigo a una joven que nos cuenta algún drama personal y busca algo de orientación. “Es que así me formaron” replica ella, aludiendo a una severa educación religiosa. Ellos siguen hablando y yo me quedo pensando. Me han preguntado varias veces: ¿Por qué siempre estás explicando lo que hiciste, lo que haces, lo que harás?

Leo por estos días “Cisnes Salvajes” de Jung Chang, una mujer china que relata la historia de su abuela, su madre y la propia, describiendo importantes aspectos de la vida en China durante la mayor parte del siglo XX. Una extensa parte del libro da cuenta del férreo control que el Partido ejercía sobre la vida de la gente, especialmente de aquellos en cargos de alguna responsabilidad.

Todas las instituciones, particularmente las religiosas, dependen para su funcionamiento de la lealtad incondicional de sus miembros. Los controles en la mayoría de ellas son bastante más sutiles que los relatados en el libro que menciono, pero igual de eficientes. Una compleja y aceitada maquinaria de preceptos, doctrinas, tradiciones y culto a la personalidad del dirigente ha sido diseñada para garantizar que el sistema opere fluidamente.

Relata Chang que cuando un funcionario caía bajo sospecha de haber cuestionado la política del Partido era citado para dar explicaciones de su conducta. Si la situación no era considerada tan grave el imputado debía escribir una “autocrítica” para hacer saber a todos que estaba equivocado; debía deslizar de paso algunas alabanzas al genio del dirigente y a la fortaleza de la política institucional. Si era algo más grave, el afectado era exiliado, castigado con trabajos forzados, o incluso ejecutado.

A través de los años, la familia, la escuela, el trabajo, la iglesia y las relaciones sociales construyen alrededor de nuestras vidas un complejo mecanismo de códigos y normas que deben ser observados para funcionar adecuadamente. Y toda vez que uno hace algo que desafía, rompe o ignora el código, la primera cosa que uno es literalmente obligado a hacer es dar explicaciones.

La explicación consiste, más o menos, en decir que uno no quería romper el código, pero que hubo circunstancias muy complejas que influyeron en la decisión. La idea es tranquilizar a los conductores de la maquinaria, asegurarles que el sistema a salvo, que es bueno y que uno en lo sucesivo va a comportarse y fomentar su estabilidad.

No sé si me explico…

(Publicado en marzo de 2013. La ilustración es parte de un dibujo sobre el juicio a las llamadas “Brujas de Salem”)

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