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En contraste con la obsesión del yo y el enfoque en la circunstancia que supone la postmodernidad se halla la conciencia de los otros en el contexto de la historia que le da forma y carácter al mundo de hoy. En otras palabras, la época presente es egocéntrica e inmediatista en tanto que el cristianismo real nos empuja hacia los otros y se abre hacia el futuro.

Hay quienes resienten este lenguaje porque “no se entiende”, argumentan. ¿Por qué no habla clarito y simple, don Benjamín? Esta protesta me hace recordar siempre esas duras palabras de Jesús: “¿Saben ustedes discernir el aspecto del cielo, pero no pueden discernir las señales de los tiempos?”  Weather Channel, AccuWeather y otros canales del clima nos dicen exactamente cómo estará el tiempo hasta en los treinta días siguientes y nos informamos diligentemente de ello. Pero sobre qué significa el flujo de la cultura, qué sentido tiene eso para nosotros, cuál es la misión y la responsabilidad de los creyentes en la historia presente y futura a la luz de los acontecimientos pasados, sobre todo eso no tenemos ni idea.

Lo que es peor, no nos interesa averiguarlo. Estamos felices con nuestros devocionales online, la multitud de consejeros que tenemos disponibles en radio y televisión para que nos arreglen nuestros matrimonios, nuestras vidas financieras, nuestro estado emocional y psicológico; encima, tenemos nuestras liturgias dominicales donde somos elevados a la quinta potencia de la adoración y la contemplación. Somos protagonistas consumados del yo y del ahora.

Pero los otros en la historia constituyen, si uno entiende bien a Jesús, el objeto de la vida. Dejadas ya atrás las enseñanzas infantiles de los primeros pasos cristianos, deberíamos ocuparnos el resto de nuestras vidas en penetrar, influir, redimir lo que más que podamos a los otros y mejorar los días de la sociedad. No podemos pasar veinte años recibiendo las mismas enseñanzas sobre cómo perdonar o cómo tener una “relación personal con Dios”.

Salir de la esfera propia y de la propia circunstancia; dejar la obsesiva preocupación por nuestra felicidad y la de los nuestros para afrontar la desagradable tarea de hacerse cargo de lo que pasa afuera. Hay demasiado discurso, demasiado mensajito empalagoso sobre la religión cristiana, pero hay cero influencia, cero participación, cero cambio.

Como he dicho otras veces, sólo un cataclismo portentoso nos podría sacar de esta apatía, de esta indiferencia feroz hacia los otros en la historia.

Pero no se ve que vaya a ocurrir pronto.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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