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“Los cristianos no cantamos canciones; cantamos himnos”, recrimina con enojo el obispo evangélico al joven que le detalla el segmento musical de una campaña en el principal estadio de la ciudad. Eso ocurrió hace muchos años y el autor de la filípica era un dirigente pentecostal que solía despacharse pintorescos exabruptos en los lugares más inesperados.

Era un tema sensible por aquellos días. La incursión de la música cristiana en los géneros llamados “seculares” (balada, rock, ritmos latinos) era un tema tan caliente como había sido años antes la inclusión de instrumentos musicales en el culto.

Es un lugar común eso de que los extremos siempre son malos. Lanzar anatema sobre la música distinta a los himnos no es una buena cosa. Pero que la música que se produce para las iglesias sea un continuo show de producciones autoreferentes con fines comerciales y mediáticos me parece que no es la alternativa que uno buscaría.

Tal vez debamos hilar más fino. Concedamos que lo que hacen los músicos con la promoción de sus producciones es el uso corriente de los recursos de internet y las redes sociales. Lo que tal vez deberíamos examinar son las letras de las canciones. Tal vez por ahí pasaba la molestia de aquel obispo.

Los himnos antiguos hablaban de arrepentimiento, de la nueva vida, de los atributos de Dios o de los efectos de la salvación. Se referían más a hechos objetivos que a los sentimientos personales del autor.

El actual cancionero de los cristianos se centra en lo que la persona siente acerca de Dios, de su propia vida y de sus experiencias. Queda la sensación que la alabanza a Dios tiene como fundamento los sentimientos humanos y no la misma persona de Dios. Habría que preguntarse si Él es digno de alabanza sólo cuando uno se siente bien o si siente algo.

Se encuentran profusamente en las letras de las canciones pronombres y dativos de pronombre como yo, mi, mí, me, mío y una exagerada cantidad de conjugaciones de verbos en primera persona singular. Como hemos reflexionado aquí antes, todo esto es la expresión del antropocentrismo de que adolece el contenido del mensaje y la doctrina cristiana actual: Dios reina en los cielos para hacerme feliz a mí.

Eso, sin mencionar siquiera una sola palabra acerca de la flagrante incorrección que importa la expresión música “cristiana”.

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