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Tiempo de lectura: 2 minutos

Después de cada artículo publicado se asoma entre un día y otro, en el café del desayuno o en las horas muertas de la tarde, una hoja en blanco donde debo escribir la siguiente columna. Se dice hoja en blanco, pero no es blanca; es amarilla con unas líneas finas. Son de un cuaderno de tapas negras que me regalaron en el Perú y que ha sido mi instrumento de escritura por estos meses. Ya conté que casi nunca escribo un artículo directamente en la computadora. Esta vez sí lo estoy haciendo por razones que pasaré luego a detallar.
Dentro de poco se va a acabar el cuaderno y estoy buscando un nuevo códice, ojalá con hojas amarillas o beige. El blanco es muy agresivo; refleja demasiado el vacío inicial antes de encontrar la idea. Hoy, de nuevo, no la encuentro. A veces salgo a caminar o me quedo largo rato sentado frente al cuaderno y la lapicera reposando diagonalmente encima. Nada. Me debato entre la escritura técnica (por qué encuentro que el power point es un recurso inutilizante del pensamiento o por qué la palabra se achica cada vez más en las escuelas) y el simple flujo de la prosa impráctica (el aroma de la lavanda y su continua remisión a la nostalgia o mi sorprendente inclinación a olvidar lo aprendido una y otra vez).
Detallo ahora por qué estoy escribiendo en la computadora. Este instrumento, tan valioso para la redacción, sigue siendo un adversario. Representa la rendición inevitable a la exigencia del tiempo presente. Es la capitulación ante el avasallamiento de la tecnología. Es la crónica de mi desencuentro, de mi enfado profundo más bien, con toda forma de estandarización, masificación y aceleración de la vida. Abomino de las modas, las tendencias, el último grito de esto y aquello, eso de que todo el mundo habla, la locura por los nuevos descubrimientos, la invasión despiadada de mensajes y llamadas, juegos, aplicaciones, estilos y modelos.
Pero como no se me ocurre nada, porque las musas han pasado de mí, andan de vacaciones o se han ido con el Nano, tecleo estas palabras mecánicamente porque lo único que estoy haciendo hoy es explicarles que la hoja en blanco, que no es blanca, hoy no me sirve y por eso estoy escribiendo aquí para que mañana temprano ustedes encuentren un nuevo artículo que esta vez no es ni técnico ni poético sino absolutamente angustiado e infértil.
Perdón por el desperdicio…

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