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Tiempo de lectura: 2 minutos

He seguido leyendo y pensando sobre la forma en que el cristianismo de hoy ha evolucionado desde la centralidad de Dios a la importancia capital de las personas. Ayer oí en una conferencia a un profesor citando dos palabras que definen bastante acertadamente el espíritu de la postmodernidad: “hoy” y “yo.” Desanclado de ese punto infinito de referencia que es Dios, el ser humano no encuentra otro interés mayor que su propio bienestar y la actualidad en la que está sumergido por su finitud.
Mencioné en el artículo Humanismo rebautizado que la preocupación principal del discurso y de la actividad de los cristianos es la conquista de un estado permanente de bienestar espiritual, emocional y físico; digo que es un humanismo rebautizado porque todo ese quehacer estaría iluminado, por así decirlo, por Dios y por ello se lo ilustra con versículos bíblicos y referencias a las doctrinas centrales de la fe. Pero el motivo principal es que la persona se sienta bien, incluso en los tiempos de conflicto porque al final del mismo se encontraría en un estado de mayor bienestar interior.
Las personas se ven a sí mismas como el centro de su preocupación porque al perder la conexión con el Dios del tiempo y de los otros, no les queda más ocupación que el presente. Y si todo lo que tenemos es el presente es difícil ver algo más que nuestra circunstancia: lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que nos duele, lo que queremos, lo que no tenemos, todo eso se convierte en el asunto preferente de nuestra atención. Esto es el hoy y yo.
Así, no hay lugar para los “otros” en el “tiempo”. Porque los otros nos sacan de nuestra introspección y nos hacen conscientes de la sociedad que viene de un pasado y que se dirige hacia el futuro con todas sus luces y sus tinieblas. La conciencia vigorosa de la realidad de Dios más allá del hoy y del yo nos compromete a ser en el mundo. Nos obliga a ser testigos de Dios en un entorno violento, injusto, oscuro, profundamente necesitado. Nos urge a desocuparnos de nuestras dolencias y ocuparnos de las dolencias de los otros que es en definitiva lo que hizo el Señor de los cristianos en su tiempo. La verdad, es un cambio de centro que nos va a costar mucho.
En contraposición a una postmodernidad donde manda el hoy y el yo, el cristianismo nos provoca a ser con los otros en el tiempo.

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