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Un hombre intenta robar la cartera a una mujer en la calle. Ejerce cierta violencia para quedarse con el botín sin mayores consecuencias para la víctima porque algunos transeúntes intervienen en la situación, reducen al antisocial y lo entregan a la policía. Unos meses después es condenado a diez años de prisión.

El mismo periódico donde leo esta noticia informa de una importante resolución del ente que fiscaliza a las empresas de valores. Durante años un grupo de empresarios se coludió para defraudar al mercado financiero con una astuta estrategia de empresas relacionadas. El monto del fraude supera los trescientos millones de dólares. Han sido multados con un 30% de lo que han robado. Es posible que reciban alguna sentencia penal, aunque por todos es sabido que cuentan con ingentes recursos para atrasar por años a la justicia con juicios y apelaciones interminables.

Ambos ilícitos quiebran el orden de la realidad. Sin embargo hay unas diferencias que conviene señalar. El primero ha afectado a una persona particularmente en el plano emocional y psicológico, porque gracias a la oportuna acción de algunas personas no ha experimentado una pérdida material. El segundo ha afectado a muchos accionistas que han visto efectivamente mermados sus ingresos con sumas que es casi imposible determinar. El primero fue perpetrado por una persona con limitada educación y que ha vivido toda su vida en un ambiente hostil y riesgoso. El segundo ha sido cometido por personas de refinada formación y que posiblemente toda su vida han gozado de un nivel de vida privilegiado, sólo por mencionar algunas diferencias. No parece haber esperanza para quienes no cuentan con recursos materiales y relaciones claves para recibir un trato justo ante la ley. Hay una notable desproporción entre ambos casos. La realidad parece dar la razón a la vieja consigna de que la justicia favorece siempre a los ricos.

¿A quién debería importarle que la aplicación de la justicia sea “justa”? ¿Qué gente es la que debería intervenir, movilizarse, protestar? Se me ocurre que deberían ser – entre otras – las personas que proclaman verdades eternas; las personas que anuncian que los seres humanos han sido creados a la imagen y semejanza de un Dios justo y verdadero; las personas que siguen a un Ser que ha proclamado que ha amado de tal manera a la gente que se ha dado a sí mismo para intervenir en la historia humana. Entre otras…

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