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¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?*, pregunta Jeremías a Dios alegando su causa delante de él. Hay que advertir que no está quejándose porque a él no le va bien y a los malos sí. Es muy importante recordar que la perspectiva de los profetas es siempre social, siempre pública. Así que este pasaje debe entenderse como la angustia que cualquier persona de bien tendría frente a la situación en la que se encuentran muchos de nuestros países hoy.

Personas poderosas que se han enriquecido robando o engañando al Estado, que han asesinado, han ordenado o han consentido en el asesinato de personas, gente que ha recibido enormes sobornos con evidente daño a la estructura fiscal, que han participado en negocios ilícitos, que han concentrado perversamente poder político, económico, comunicacional – en fin, usted nómbrelo -, mantienen no sólo su libertad y escapan al ya bastante dudoso brazo de la ley, sino que siguen ocupando importantes cargos en la esfera ejecutiva, legislativa, judicial y económica.

La bronca del pueblo es precisamente la de Jeremías: ¿cuándo van a ser juzgados y a pagar sus fechorías? Bronca que se profundiza cuando uno siente que estos personajes literalmente se jactan de su impunidad, se esconden en los artificios de una ley debilitada, blasonan de íntegros y leales. No sólo prosperaron y siguen prosperando sino que se ríen de la justicia.

En alguna parte se pregunta un poeta bíblico, “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” En amarga sátira decía un columnista que leí hoy, “Si la justicia no llega, entonces burlemos la justicia también nosotros, pero hagámoslo bien, no seamos más giles.

No parece haber una fuerza social que pare esta burla macabra a lo que alguna fue el espíritu de la Constitución Política de nuestros países, que abogaba por naciones justas, por ciudadanos respetuosos y si fuera necesario, temerosos de la ley, con un orden jurídico fuerte y una justicia efectiva.

En algunas ocasiones en la historia esa fuerza social fue ejercida por cristianos que entendieron el reino de Dios y el Evangelio no únicamente como una platónica mirada a un venturoso más allá, sino como una acción directa y responsable en el tejido social para sanar la nación y restituir el orden perdido.

Loables llamados a la oración tienen su lugar, pero sin acción consecuente resultan estériles.

(*Jeremías 12:1)

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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