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Tiempo de lectura: 2 minutos

Acabo de leer un capítulo del libro “La guerra mas larga de la historia” de Lola Venegas, Isabel Reverte y Margó Venegas, publicado este mes por Espasa. El diario Perfil titula así la selección: Víctimas de la hostilidad. Cuatro milenios de violencia contra las mujeres.

Para las autoras, este libro es una doble crónica: una sobre los actos cuyos rostros más visibles son la violencia física y sexual, y otra sobre las violencias menos detectables pero de más largo alcance, como la violencia cultural, gestora de estereotipos construidos desde la religión, la educación y el lenguaje, entre otras instituciones.

Reflexionemos brevemente sobre la tremenda injerencia de la religión en esta violencia. Hace un tiempo hablé en una serie de entrevistas radiales acerca de cómo la Biblia ha sido usada como marco conceptual e institucional para la subestimación y consecuente abuso hacia las mujeres.

De una lectura poco informada y sesgada de muchos pasajes bíblicos se ha instituido un sistema en el cual la mujer aparece como una extensión del hombre, una solución administrativa de ayuda y gestación, un ser secundario en la historia humana.

Es significativo por decir lo menos que una lectura honesta del texto no haya iluminado – por ejemplo – la forma en que Jesús consideró y se relacionó con las mujeres y sí haya prevalecido la mirada paulina, claramente penetrada por el pensamiento griego acerca de ellas. Me parece a mí que es imposible negar que como casi todas las religiones del mundo, el cristianismo tiene una gran deuda pendiente en este importante tema.

Algunas personas resienten la virulencia del discurso feminista, sus acciones y sus demandas. Me pregunto cómo podría ser de otro modo si apenas en el último siglo y medio las mujeres han podido levantar su voz y protestar contra este orden de cosas impuesto por… cuatro mil años.

Como en todos temas los de alta controversia, hay posturas irreconciliables. El cristianismo no debería ser parte de esa grieta. Tiene la oportunidad histórica de revisar profundamente sus postulados y doctrinas sobre la mujer y avanzar en una igualdad que no es sólo una percepción humana sino un asunto que emana de Dios si uno se apoya en todos los textos bíblicos pertinentes y no sólo en los pasajes convenientes al interés de los hombres.

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