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Tiempo de lectura: 2 minutos

Nosotros tenemos la mente de Cristo

(1 Corintios 2:16)

Mucha gente entiende estas palabras así: Por una misteriosa operación espiritual los cristianos no solamente entendemos todo, sino que lo entendemos de la única manera que puede ser entendido.

Esta conclusión se aleja completamente del sentido original de lo que está escrito. Las cosas no son así de sencillas. Nunca lo son.

San Pablo trajo al pensamiento cristiano una serie de conceptos altamente abstractos que por siglos han devanado los sesos de los especialistas en el texto. El apóstol Pedro fue el primero en darse cuenta (2 Pedro 3:15-16).

Pareciera que Pablo supone que cuando dice “mente de Cristo” todos nosotros entendemos de qué esta hablando. No es tan así, la verdad.

Así que, si existe algo como la mente de Cristo en nosotros, el escritor no está diciendo qué es, sino cómo trabaja. Y ésas, amigas y amigos, son dos cosas muy diferentes.

La mente de Cristo, lo que sea que es, no otorga un entendimiento automático de todas las cosas. A mi modesto entender lo que haría sería algo como iluminar el conocimiento o, si me permiten decirlo, extremar los recursos de comprensión.

Si ustedes miran todos los pasajes que mencionan el tema de la mente de Cristo van a descubrir verbos que tienen que ver con un ejercicio de la cabeza. Esta es la lista:

Ver, oír, conocer, saber, aprender, acomodar, percibir, entender, discernir, juzgar.

Todas estas acciones descritas por san Pablo en su carta suponen un examen de los temas a tratar: estudio, análisis, comparaciones, síntesis, conclusiones, en fin. No veo nada automático aquí.

Vayamos un poco más lejos. Digamos que por pasar veinte años en la congregación es posible – aunque difícil – que alguien conozca exhaustivamente los temas relativos a la fe cristiana.

Pero si esa persona cree que, por lo mismo, tiene un entendimiento completo y suficiente sobre política, economía, cultura y práctica social y por eso opine ex cathedra sobre esos temas comete un grave error de juicio.

Vamos todavía más lejos. Esa presunción ha hecho que los cristianos crean que para nada es necesario saber de los temas que llaman mundanos porque basta la mente de Cristo.

Así que desde esta modesta tribuna quisiera urgir nuevamente a los creyentes a leer, a informarse, a educarse en la realidad circundante y con ese entendimiento ejercer los atributos de la mente de Cristo.

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