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Tiempo de lectura: 2 minutos

La palabra, desde el instante mismo en que es pronunciada, se hace temblor definitivo, temor diseminado, inquietante factura pendiente de cobro. Adquiere vida propia, circula por bulevares y callejones, se mete en viejas librerías y aguarda en oscuros desvanes. Se queda grabada en corazones ansiosos y es un eco constante en los recovecos del recuerdo. No tiene fecha de vencimiento, no reconoce fronteras, es implacable.

La palabra dicha en la tibieza de una alcoba, al amor de una piel, en el estertor de la pasión penetra el tiempo y la distancia como la misma simiente de la vida. Al pronunciarla uno se veía como heraldo de buenas noticias. Era ni más ni menos el príncipe encantador, el caballero cruzado, el deshacedor de entuertos, el fin de todas las búsquedas y todos los viajes. Cuando pasó el tiempo, la palabra pronunciada vino a ser promesa rota, discurso estéril, desilusión inconsolable.

La palabra escrita es ícono que identifica, resume, delimita y fija para siempre al escribiente. Es su monumento, su memorial, su testamento. Así como nos irrita cuando nos dicen “Te lo dije”, así nos restriega el alma que nos digan, “Tú escribiste…” No es que dicen que dijiste o que suponen que pudiste haber dicho. Es que está escrito. Es objetivo. No está sólo en el tiempo, sino en el espacio, en papel o en registro digital.

La palabra hablada en plataformas y estrados es más que aire en movimiento; además es sonido grabado, imagen capturada. Semejante a la palabra escrita, gracias a la “magia” de la televisión y el internet, se la puede repetir hasta la náusea y machacar los sentidos de la audiencia para beatificarte o destrozarte hasta la muerte.

Pero para qué estamos con cosas: a veces es maravilloso que la palabra pronunciada viva para siempre. Y capaz que lo sea también el que recibas el crédito por ello, aunque en esto último la experiencia demuestra que las oportunidades son harto más escasas. 

¿Qué hacer cuando uno ya no prestó oído a la vieja admonición: “Sean pocas tus palabras”? Lo dicho es una cárcel: la única esperanza es que un día puedas salir…  bajo palabra.

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