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Tiempo de lectura: 2 minutos

Era un misionero que junto con explorar la selva en busca de almas, tocaba la flauta maravillosamente. Todas las tardes se sentaba bajo una gran acacia y arrancaba de su instrumento las notas más dulces. Con el tiempo los animales, incluso los salvajes, se sentaban a su alrededor para oír en silencio la interpretación a la que se habían acostumbrado. Una de aquellas tardes, en medio del concierto, salió de la espesura un enorme león y sin mediar rugido alguno se lanzó sobre el desprevenido ejecutante y dio cuenta de él como debidamente hacen los leones con su presa. El resto de los animales comenzó a retirarse lentamente. Un joven tigre dice a su compañero, “¿No te dije yo que uno de estos días iba a aparecer este león sordo y nos iba a echar a perder las veladas musicales?”

A diferencia de aquel misionero, estoy lejos de interpretar maravillosamente alguna cosa, ni con palabras ni con instrumentos. Pero comparto con él la desdicha de ser victimado con frecuencia por una audiencia que no entiende ni parece interesada en entender lo que escribo y se permite comentarios que solamente por ser tan carenciados no pueden considerarse ofensivos.

Aparecen a veces estos artículos en la red social de este sitio web y de tanto en tanto algunas personas hacen un mínimo comentario. Publiqué hace unos días una reflexión sobre cierto asunto legal que estremece a la gente de mi país y lo titulé “La justicia, esa tuerta”. Había allí una invitación a pensar, a intervenir tal vez, a compartir el dolor de una sociedad cuyos fundamentos están en peligro de destrucción. He aquí los comentarios sobre la pregunta si habrá algo o alguien que haga la justicia que corresponde: “No, sólo Dios es justo”, y “El Señor Jesús cuando reine en el milenio.”

Antes de decir nada sobre el contenido de estas joyas conceptuales, debo aclarar que la experiencia demuestra que aquellas personas no leyeron el artículo; sólo respondieron al breve teaser que aparece junto con la fotografía y el link y por lo mismo no debería ocuparme del asunto.

Pero digamos, hipotéticamente, que esas personas leyeron el artículo y pensaron un buen rato sobre el mismo y luego escribieron su comentario. La única y dramática conclusión es que los cristianos, aquí y ahora, no pueden y no deben hacer nada respecto de la realidad de sus naciones y que deben sentarse a esperar que llegue cierto milenio para que las cosas se arreglen.

Qué desoladora esperanza…

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