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Un grupo de rescatistas regresó al mar a una ballena que estuvo varada en la orilla de la playa por varios días. Anoche me enteré que la ballena finalmente murió. Uno de los involucrados en el intento de rescate afirmó que es posible que la ballena, aparentemente enferma, había varado en la arena a propósito para morir. Vi en la televisión los denodados esfuerzos de aquellas personas por llevar al pesado cetáceo de regreso a las profundidades. Si la ballena hubiera tenido voz – tal vez – les habría pedido que la dejaran morir en paz.

Una vez leí que si uno intenta acelerar el trabajoso proceso de la mariposa por salir del capullo no hace más que provocarle al fin la muerte. Hay algunas hechos de la vida en los cuales parece que es mejor no intervenir. La vida humana, por cierto, fluye por un carril diferente y en situaciones similares a las relacionadas con animales tal vez haya que actuar de un modo distinto.

Lo que me sugieren estos hechos es una pregunta: si una persona que padece una enfermedad mortal expresa su voluntad de morir, ¿no habría que respetar esa decisión? Estoy seguro que rápidamente se me dirá es que la vida está en las manos de Dios. Es notable que el fin de esta afirmación es advertirnos que Dios está en un lugar de absoluta supremacía. La ironía es que El no necesita que hagamos ese intento. El ya está en ese sitio: no se sostiene ahí por nuestras declaraciones.

Me provoca siempre preguntar a los cristianos, cuando declaran taxativamente que la vida está en manos de Dios y que sólo El puede tomarla, cómo es que esta aseveración funciona en el caso de las personas que fueron arrolladas por un demente en el Paseo de los Ingleses en Niza, o en los degollados por fanáticos fundamentalistas, o en las personas que murieron en el atentado a una institución israelí en Buenos Aires hace veintidós años, o en la mujer asesinada por su ex marido, descuartizada y distribuida en diferentes sitios en bolsas de basura

No me atrevo a afirmar tan categóricamente cómo funciona esto, por eso comparto con la audiencias algunas preguntas. Sí afirmo que considero pretencioso, por decir lo menos, atribuirse absoluto conocimiento sobre el comportamiento de Dios en temas que involucran la vida de los otros y no la nuestra.

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