Crisis de Coronavirus

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La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas; nunca hubo en el mundo tantas palabras, con tanto alcance, autoridad y albedrío.

(Botella al mar  para el dios de las palabras, Gabriel García Márquez)

Solía pensar que la palabra estaba en peligro, que la imagen la iba a desaparecer en un mundo que ya no lee y pierde día a día el dominio de la pronunciación. Pero acabo de leer este discurso de García Márquez y tengo que admitir mi error.

Efectivamente la palabra está más viva que nunca y fortalecida por la audiovisualización de todo. Las canciones, los memes, los videos, los mensajes de texto, todo requiere la palabra. Es imposible que desaparezca. Es imprescindible aún para explicar la imagen muda por más evidente que sea su significado.

La palabra finalmente no va a morir. Lo que temíamos no acontecerá y podremos seguir viviendo con ellas, en medio de ellas, a través de ellas. Todavía será posible el discurso, el ensayo, el poema, la conversación, la difusión del pensamiento, el relato y las discusiones. Todavía será posible increpar, protestar, arengar, persuadir, seducir, molestar, irritar, violentar a través de la palabra escrita y hablada. Todavía podremos contar la vida o la ficción y reproducir así el sentido de las cosas que existen.

Alguna vez escribí por ahí que había sido una gran idea que Dios dejara su pensamiento impreso. Fuera en piedra, en papiro, pergamino o papel, se podía multiplicar y transmitir su idea al mundo. La verdad es que todas la religiones y las filosofías que han llegado hasta nosotros lo han hecho a través de la palabra impresa.

Siempre he preferido el papel pero sospecho que un día, cuando yo ya no esté para verlo, sólo será posible comunicar la palabra a través de medios virtuales. Pero siempre serán las palabras, aunque sean unos y ceros transformados en bits, bytes, kilos, megas, teras y lo que sea que venga después.

Serán siempre las palabras codificadas para seguir contando el drama y la belleza de lo humano. Para seguir creyendo y para seguir decepcionándose. Para esperar y para desesperar. Para reír y para llorar.

Bianca Estela Sánchez nos advierte en su libro “Un mundo sin palabras” lo que podría ser: Era un mundo sin historias / Aburrido. Sin estrellas. / A veces hasta los sueños / eran páginas desiertas…

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