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“Enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente. En mi sombra, la penumbra hueca exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”.

Alguna religión imagina el paraíso como un lugar donde se dispone de decenas de mujeres hermosas. Otros creen que hay palacios colmados de joyas preciosas y mares cristalinos. Aquéllos lo identifican con una suerte de éxtasis definitivo en absoluta unidad con una infinita mente universal.
En el Poema de los Dones, citado del libro “El Hacedor” publicado en 1960, Jorge Luis Borges se lo figuraba como una especie de biblioteca. Mientras que las imágenes de cielos primero descritas atraerían a la mayoría de las personas, estoy completamente seguro que interminables anaqueles con libros, mullidos sillones donde sentarse a leer bajo una luz tibia y personal debe ser deseable para apenas unos pocos.
No se hallan muchos placeres tan completos como la lectura; debe haberlos pero no creo conocerlos – a todos al menos. En la lectura ocurre el arte casi perdido de imaginar. Un rostro, un paisaje, una casa, un combate a campo abierto, una escena íntima emergen de las palabras y se transforman en una visión rica y profunda, enervante o feroz, deseable y tranquila. En casi todas las demás artes la imagen pone inexorables límites a la imaginación; puede estimularla a construir otras pero siempre a partir de un hecho ya dado. En la lectura no existen estos límites y eso la hace – para mí – perfecta.
Pero además la lectura es una compañía discreta, delicada; no se resiente si uno la deja por un rato o por unos días. No reclama atención ni exige tiempo. Está dispuesta todo el tiempo, sin estridencias, sin ruidos. Leve y poderosa a la vez. Ofrece distintas visiones del mundo y de las personas. Aporta conocimientos nuevos. Confronta, compromete, intranquiliza. Ataca, promete, seduce, despierta. Si no provoca estas cosas no es literatura digna de ser leída.

“Necesitamos libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros.” (Franz Kafka)

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