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Tiempo de lectura: 2 minutos

Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano, diciendo: De cierto morirás.
(Jeremías 26:8)

Si pudiésemos representar aquí el alcance de estas palabras es posible que cierta dirigencia estaría tentada a respondernos como hicieron al profeta. Pero, todo tranquilo, no hay espacio ni éste es el lugar. Hagámonos algunas preguntas al menos.
¿Se da cuenta la amable audiencia que el profeta estaba hablando todo lo que Jehová le había mandado que hablase? No está haciendo un discurso de domingo en la noche, flasheado para hacer que la hermandad se vaya contenta a su casa. Está diciendo lo que Dios va a hacer si la gente no retorna al camino correcto.
¿Se da cuenta la amable audiencia que los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano para pronunciarle una sentencia mortal? Amigas y amigos, no es alguna gente que pasa por ahí y oye el discurso. Es la élite gubernamental y religiosa y toda la gente que lo oye.
¿Se da cuenta la amable audiencia que la razón por la que esta gente quiere matar al profeta es porque ha dicho la palabra de Dios? No ha dicho barbaridades retóricas, ha dicho la palabra de Dios.
¿Se da cuenta la amable audiencia que la gente que quiere matar al profeta no son los paganos, los incircuncisos, los gentiles, los perros? No, amigas y amigos. Son sus hermanos y hermanas.
¿Se da cuenta la amable audiencia que si leyera todo el libro de Jeremías como debe leerse entendería algo del carácter de la religiosidad y de sus representantes? El sistema religioso es un constructo granítico, una estructura formidable gobernada por una política institucional, financiera y comunicacional de tal magnitud que la palabra misma de Dios le puede llegar a ser un enemigo mortal y por eso deben destruirla.
No es que no les agrade Dios. Lo que les desagrada a morir es que algunas de las palabras de Dios amenacen directamente a su estabilidad de siglos. Y por eso estarían dispuestos a matar; no a matar físicamente – aunque podría documentarles algunos casos. Las entidades religiosas tienen unos mecanismos más civilizados y sutiles para asesinar institucionalmente a los disidentes.
Aquí es cuando la palabra de Dios es mala palabra para el establishment religioso.

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