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Así se llama la banda que toca “Cosa linda”, la canción con la que Angel Galeano introduce cada jueves en su programa la conversación que tenemos sobre lo que escribo aquí. Menudo nombre. Como una premonición. Un anticipo de lo que le pasa a la Inmensa Mayoría al mirar estos trastos existenciales que exhibe la estantería de esta tienda virtual de opinión.
Como este espacio no es de doctrina, edificación o crecimiento espiritual me permito recorrer una variada gama de impresiones y pensamientos laterales. Reflejan la frustración de lo inconcluso, el misterio del dolor y la tristeza, la ironía del discurso divorciado de la realidad, la discreta poética de la decepción. Recogen nostalgias inventadas y reminiscencias reales, un poco mezcladas para proteger a los inocentes y – nobleza obliga – también a los culpables.
Ha habido algunos momentos magistrales aquí. Otras veces, la prosa se arrastra resignada por el territorio de lo políticamente correcto porque tampoco estamos interesados en revoluciones literarias de cuarta que no hacen otra cosa que irritar los ojos y poner en peligro los necesarios subsidios para la vida. Pero lo más del tiempo se puede navegar por aguas profundas, acercarse a arrecifes medio peligrosos, volcar intrincados significados y hacer guiños a la propia historia.
Cada tanto conviene agradecer. Sé que hay una pequeña cofradía de lectores que siguen estos artilugios para disfrutar del sonido de las palabras. Hay quienes querrán hallarle algún agujero que revele las inconsistencias de una vida tan poco ejemplar como la mía. Como sea, le dan sentido y justificación a este oficio virtual porque aún me quedo perplejo frente al hecho de no saber quién lee, quién escucha, quién mira en este mare magnun cibernético… ni cuántos.
Pero lo que sí es cierto, más allá de toda duda razonable, es que son muchas las personas que no le encuentran agarradero a los asuntos que aquí se presentan día por medio. Hace años conducía un programa de radio que trataba temas de actualidad. En una gira que hicimos por el país con cierto importante predicador, una señora en Antofagasta me abrazó, me miró a los ojos y me dijo con una dulzura cautivante: “¿Sabe, Benjamín? Yo la pura verdad no le entiendo nada, pero ¡pucha que habla bonito!”
Pero si ni siquiera alcanza para eso, lo peor que puede suceder es que esto – de nuevo – no les va a gustar.

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