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Siempre me sedujo el encanto del paisaje. Mi más remota impresión es un camino de tierra, un sol dorado y ocre que se enreda en los álamos a la hora de la tarde, avanzando lento, yo sentado sobre las valijas y canastos en la carreta de bueyes hacia la casa de la tía Carolina, donde pasaría las vacaciones de verano. Habíamos viajado todo el día en tren y ya cayendo la tarde llegaríamos a la enorme casa de adobe en medio de los interminables campos de trigo.

A medida que crecemos vamos aprendiendo que la vida y las relaciones humanas son más complicadas de lo que esperábamos. Entonces vamos buscando y encontrando espacios donde nos sentimos a salvo de sus avatares. Para mí este escape lo ha provisto el paisaje. Descubrí que es un linimento para los dolores de la vida. No hay peligro alguno de salir lastimado por las cumbres incendiadas de rosado de las montañas a la tarde o por la temblorosa superficie del lago a la hora del viento.

Caminitos insinuados apenas entre la maleza rodeando árboles de follajes espesos y enormes. Las colinas onduladas, verdes hasta que dan ganas de llorar, la sombra huidiza de las nubes deslizándose por las blandas laderas. El bosque del sur, con su botánica innombrable, espesa y susurrante, el misterio de la neblina, la persistencia implacable de la lluvia.

El mar verde del trópico, esa agua lenta y espesa, lúcida y tibia, la arena aterciopelada, los monumentales crepúsculos en la línea perfecta del horizonte, el estallido agonizante del sol en el abismo oceánico.

El río que recorre los caprichos de la montaña, marchando con su discurso de piedras y espuma o estacionado en remansos silenciosos, redondos y acerados, la melena de los sauces arrastradas como al descuido en la superficie del agua, las abruptas orillas por donde se precipita sin drama el cerro.

Hay en el paisaje una inocencia, una entrega sin límites, un prodigio de líneas y colores cuyo influjo es imposible ignorar. No tiene condiciones, salvo la luz y la oscuridad y está siempre allí. Se deja mirar, se abre candorosamente al diálogo sin palabras de nuestras decepciones. Nos abraza y restaña los borbotones del dolor sin preguntar ninguna cosa.

La fotografía la tomé en Tenaún, Chiloé (Chile), durante unos días que me quise desaparecer del mundo. Volveré… creo.

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