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“¿Por qué tan pesimista?”, me escribió alguien en un mensaje hace unos días. Siempre es agradable ofrecer algo de perspectiva…
Por el ruido, la violencia, la injusticia, la opresión, la hierática hipocresía, las ruedas de carreta, los discursos vacíos, la prédica intrascendente, la muerte invicta, el miedo institucionalizado, la patética chimuchina de los medios, la distancia con los otros que no son como nosotros, la rendición de las libertades para ganar el bienestar y la seguridad, las recetas para alivianar el insoportable peso de la realidad, la condena de los disidentes, la asombrosa carencia de autocrítica, el verso repetido hasta la náusea, la profecía truculenta, los libros de pacotilla, la moral pública, el enriquecimiento de los dirigentes, el silencio de los corderos, la creciente adversidad del cuerpo viejo, los irrisorios llamados a la paz mundial y la protección del medio ambiente, la refundación del país, el arte comprometido, la inmortalidad del cangrejo, la divulgación científica, la democracia protegida, la libertad vigilada, las ganas de no tener más ganas, los recuerdos que todavía duelen, las manos temblorosas, las noticias de las ocho, las nueve y las once, la música a todo volumen en los cafés, los escapes libres de las motos, la miseria contemplada mientras consumimos la grasa y el azúcar de la abundancia, los proyectos de alcance mundial, la mordaza de las costumbres y de las declaraciones de fe, el amor con su abultado equipaje de abalorios y querellas, las mentiras que nos contamos para arreglar nuestro cuento, la inutilidad de la palabra lateral y el discurso paralelo, la aplastante multiplicación de aparatos, aplicaciones, redes sociales, fotos, videos y mensajería instantánea, la destrucción del silencio, la soledad abominada, las conversaciones a los gritos, la salvaje justificación de las ganancias, la vida apurada, la letra chica, la publicidad, la fila exclusiva para clientes, las filípicas ex cathedra, la pérdida absoluta del asombro, el martirio de la memoria, el suplicio de la migraña, los exámenes médicos de rutina, la mente fosilizada, la patética oquedad de liturgias y canciones, la desesperación de la esperanza, las manchas en la piel, los delirios de madrugada, el desgano que me entra al levantarme, las reverencias y besamanos, la frustración y el enojo que sólo puede expresarse en pasillos y sobremesas, el obsceno dominio de la tontera en casi todos los espacios de la vida.

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