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Alguien que escribe poesía no puede ser una mala persona”, le dice una mujer a otra que le cuenta que está viendo a cierto joven.

No recuerdo si lo leí en una novela o lo vi en una película ni qué relación tenían las mujeres. Tampoco sé por qué me acordé de estas palabras hoy.

Crecí en una cultura cristiana que no tenía buena opinión de los artistas. Para mis mayores el arte era la estética de la rebeldía y el desenfreno (bueno, no lo decían con la elegancia que lo expreso aquí, pero ésa era la idea). Así que para un creyente de mi época alguien que escribía poesía difícilmente era una buena persona.

En medio de ambas sentencias transita mi prosa poética. Mis amigas y amigos cercanos juzgarán en la posteridad de qué lado me cayó la moneda: buena persona, mala persona.

Lo que define mejor a la gente es lo que hace en relación con sus semejantes. Si les hacen bien, que escriban o no poesía será perfectamente irrelevante.

Una vez debatí con un joven periodista respecto de la conducta de los personajes públicos, los intelectuales, los artistas o los políticos.

¿Que diríamos de una persona que en su vida privada es un abusador, un mentiroso o una mala persona pero en la esfera pública es brillante, eficiente, exitoso? En cierta manera, en la vida pública “escribe poesía” pero en su vida privada es un impresentable.

No recuerdo a qué orillas arribó nuestro debate. Sólo recuerdo el tema y me ha venido a la mente a propósito del diálogo entre aquellas dos mujeres.

Por cierto, todas las consideraciones acerca de las conductas públicas y privadas a las que he aludido son subjetivas. No es aconsejable sentarse en la silla del juicio tan sueltos de cuerpo. Recordamos la vieja admonición: “No juzguen para que no sean juzgados, porque con el juicio que juzguen serán juzgados.”

Por lo pronto, hago saber a mi estimada audiencia que, a pesar de mi incapacidad para definirme a mí mismo como buena o mala persona, seguiré escribiendo poesía.

Un fragmento les dejo de un viejo poema:

“Tengo la voz callada porque la apagó voraz la academia establecida y el grito general del tiempo. / Mi voz con sentimiento, con verdad estremecida, se la llevó el viento con tanta saña homicida. / Me quedó la pura vida, negándose a morir; todavía quiere parir una pasión escondida.”

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