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“¿Por qué siempre te vas?”, me pregunta alguien que me quiere. Debo haber leído en alguna parte que los lobos tienen moradas fijas pero almas errantes – o lo inventé, ya no me acuerdo. Es sólo una simpática frase literaria, obviamente. Tengo domicilio conocido pero siempre me estoy yendo a alguna parte. A los doce años hice mi primer viaje solitario en tren y desde entonces no paré de viajar. Muchas fronteras, todos los continentes, distintos idiomas, culturas diversas, todo quise verlo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Tuve la fortuna de trabajar en instituciones que requerían de mi trabajo o de mi vocación en otros sitios y allí estuve. A veces con todas las ganas del mundo. Otras, con el corazón en la mano porque a veces esos universos me quedaban demasiado grandes. O tuve que viajar en circunstancias dolorosas y difíciles. Hubo un tiempo en que pensé que ya no podría volver al camino, tan cansado me sentía. Pero siempre ha habido una razón para hacerlo una vez más.
Va pasando el tiempo y de pronto es inevitable pensar en la eventualidad del viaje sin retorno, que ya no es tan remota. Y para esa jornada no hay equipaje ni pertrecho alguno que sea útil. Ninguna experiencia de la vida provee indicios de cómo abordarlo, con qué talante y en qué condiciones habrá que embarcar. Siempre que viajo trato de llevar lo menos posible, cosa que a veces impacienta a mis colegas porque hay jornadas en que es imperativo llevar equipajes voluminosos: folletos, literatura, carpetas, materiales, todos esos indispensables abalorios para conducir programas exitosos. Cuando pienso en el viaje final me consuela comprobar que no se necesita valija alguna, apenas un traje y un silencio eterno. El despojo definitivo, el desprendimiento sin límites, el abandono de todo aquello que antes no queríamos soltar: papeles viejos, fotografías, documentos académicos, libros y cuadernos, todo ese frugal y necesario repertorio de cosas sin las cuales se nos ocurre que no podemos vivir.
Algunas personas se quedarán con esas antiguallas. Conservarán también – posiblemente – la memoria del tiempo compartido, de esos amores eternos que duraron un corto invierno, unas pocas palabras amables y otras no tanto, un diálogo inconcluso, un sueño que deberán completar en nombre del ilustre amigo ausente.
Irse. Un oficio más que un deseo. A veces una pasión. Otras veces ni más ni menos que una urgente necesidad…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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