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El amplio recinto está repleto de gente. Un numeroso equipo vocal e instrumental ha creado una atmósfera palpitante, llena de expectativa.

Una celeste claridad domina la alfombrada plataforma desierta. Inmensos jarrones de flores rojas matizadas con helechos y minúsculas flores blancas proveen una estética coloquial, como de sala de estar.

Desde la altura y sobre los muros del frente descienden lienzos negros y rojos con leyendas que estimulan a la conquista, a la victoria, a la renovación de todas las cosas.

Una maquinaria de luces crea innumerables sensaciones de color y movimiento en el recinto colmado de gente.

De pronto, un silencio solemne. Desde una puerta lateral sale caminando pausadamente un hombre.

Viste un impecable traje oscuro, corbata roja y camisa blanca. Debe estar cerca de los sesenta años; unas discretas canas le confieren un aire interesante y doctoral. No parece muy alto, pero la  elevada plataforma le otorga un porte casi irreal.

Al llegar al austero y finísimo estrado de madera, un foco de luz cae directamente sobre él. Las luces del gran salón se debilitan gradualmente. Todos los ojos lo miran. Apoya sus manos en el estrado y guarda silencio.

Son no más de quince segundos, larguísimos, perfectamente calculados. Una invisible corriente electriza a la multitud que irrumpe en aplausos y expresiones emocionadas.

El dirigente entonces levanta la mano, llamando al silencio; con voz grave y temperada inicia su predicación dominical en la catedral evangélica de la ciudad.

La escena no es imaginaria. Salvo mínimos detalles es auténtica y encaja perfectamente dentro de los formatos que el autor francés Jean Marie Domenach examina en su libro “La propaganda política”.

Este texto clásico, escrito antes del imperio devastador de la tecnología, penetra profundamente en el entramado de imágenes, palabras, sonidos, colores y atmósferas que los dirigentes políticos, religiosos, estudiantiles o sindicales utilizan para controlar y conducir a la multitud. Lo recomiendo fervientemente.

Van a entender el lenguaje de las grandes asambleas, los alcances de la comunicación moderna y los secretos mecanismos que hacen que miles o millones de personas piensen y sientan lo que los dirigentes desean.

“Control. Eso es la Matrix”, revela Morfeo a un atónito Neo. Ese es el fin de la propaganda: controlar la mente, los bolsillos y el tiempo de los prosélitos.

La propaganda diseña un universo ficticio para la multitud que no sabe cómo decidir, ansiosa de ser guiada, hambrienta de certezas que las tranquilicen.

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